Primeros años de la Sociedad teosofica

La Sociedad Teosófica fue fundada en la ciudad de Nueva York en 1875 con el lema “No hay religión más alta que la verdad”. Sus principales miembros fundadores fueron Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), Henry Steel Olcott (1832-1907) y William Quan Judge (1851-1896).

Los objetivos de la Sociedad Teosófica

  • Formar un núcleo de la Hermandad Universal de la Humanidad, sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color.
  • Fomentar el estudio de la Religión Comparada, la Filosofía y la Ciencia.
  • Investigar las inexplicables leyes de la Naturaleza y los poderes latentes en el hombre.
  • El emblema de la Sociedad Teosófica incluye siete símbolos de particular importancia para la simbología de la Sociedad: 1) el lema de la Sociedad; 2) una serpiente mordiendo su cola (ouroboros); 3) la esvástica; 4) el hexagrama; 5) la cruxansata (Ankh); 6) el alfiler de la Sociedad, compuesto de cruces ansata y serpiente entrelazados, formando juntos “T.S.”, y 7) Om (o aum). El sello de la Sociedad contiene todos estos símbolos, excepto aum, y contiene así, en forma simbólica, las doctrinas que sus miembros siguen.

La Sociedad fue organizada como una entidad no proselitista, no sectaria. Blavatsky y Olcott (el primer presidente de la Sociedad) se trasladaron de Nueva York a Bombay, India en 1878. La sede internacional de la Sociedad se estableció finalmente en Adyar, un suburbio de Madras. La organización original, después de divisiones y reajustes tiene (a partir de 2011) varias ramificaciones; todos ellos aceptan los tres objetivos anteriores y los preceptos presentados por Blavatsky. Blavatsky influyó en el espiritualismo y las subculturas relacionadas: “La tradición esotérica occidental no tiene una figura más importante en los tiempos modernos”.

El pilar: Helena Blavatsky

Helena Blavatsky era una mujer carismática, no convencional y polémica de ascendencia rusa y alemana mezclada, que había viajado extensamente se convirtió en el principal defensor de Teosofía teórica y práctica. Desde su creación, y por asimilación doctrinal o divergencia, la Teosofía también ha dado lugar o ha influido en el desarrollo de otros movimientos místicos, filosóficos y religiosos. Después de la muerte de Blavatsky, los desacuerdos entre prominentes teosofistas causaron una serie de divisiones y varias organizaciones teosóficas surgieron. Un sucesor de la Sociedad original es a partir de 2011 conocido como la Sociedad Teosófica Adyar. Después de una escisión en 1895, William Quan Judge estableció una organización teosófica en la ciudad de Nueva York, que posteriormente se trasladó a Pasadena, California. Se conoce como de 2011 como la Sociedad Teosófica de Pasadena. Estos últimos se dividieron nuevamente; otra organización teosófica, la Logia Unida de Teósofos fue el resultado, formado por Robert Crosbie en 1909.

Los contemporáneos de Blavatsky, entre ellos William Quan Judge y Alfred Percy Sinnett, y exponentes posteriores han contribuido al desarrollo de esta Teosofía, produciendo obras que a veces se expandieron sobre los conceptos originales. A través de las diversas Sociedades Teosóficas y Organizaciones, la Teosofía sigue siendo una activa escuela filosófica con presencia en más de 50 países de todo el mundo.

La mente en la Naturaleza

Los filósofos pre-cristianos y medievales, pueden haber dejado unas pocas señales en las inexploradas minas, pero el descubrimiento de todo el oro y joyas preciosas, sólo se debe a la paciente labor del Sabio moderno. ¡Y aun más, ellos declaran que el genuino y real conocimiento de la Naturaleza, del Kosmos y del hombre, es todo de reciente descubrimiento. El actual y exuberante árbol del conocimiento, creció de las raíces muertas de la cizaña de la antigua superstición!

Las incomprobables concepciones de un pasado primitivo

Los estudiantes de teosofía dicen que no es justo sólo hablar en detrimento de “las incomprobables concepciones de un pasado primitivo”, como Mr.Tyndall y otros han hecho, y al mismo tiempo, esconder la base de la fuente intelectual sobre la cual la reputación de muchos modernos filósofos y científicos ha sido edificada. ¿Cuántos de nuestros distinguidos científicos no han obtenido honor y crédito por simplemente revestir las ideas de esos antiguos filósofos, a quienes ellos están siempre preparados para menospreciar? Hay que dejar a la imparcialidad de la posteridad la última palabra al respecto. Pero la arrogancia y opinión interesada, ha tomado posesión como dos odiosos cánceres en los cerebros de los hombres de mediana sabiduría, y éste es el caso especial de los Orientólogos-Sanskritólogos, Egiptólogos y Asiriólogos.

Los primeros guiados (o tal vez pretendidamente guiados) por pasados eruditos en el Mahâbhârata y los segundos por interpretación arbitraria de papiros, conjuntamente con lo que éste u otro escritor Griego dijo o no dijo , o por las inscripciones cuneiformes, destruidas a medias, en cerámicas hechas por los Asirios de los escritos del “Accado” Babilonico. Muchos de ellos son muy dados a olvidar, en la más conveniente oportunidad, de que los numerosos cambios en el lenguaje, la fraseología alegórica y la evidente secretividad de los escritores místicos, quienes estaban generalmente bajo la obligación de nunca divulgar los solemnes secretos del santuario, pudiesen tristemente haber confundido a ambos, los transcriptores, y sabios antiguos.

La mayoría de nuestros Orientólogos, prefieren permitir que su vanidad conjuntamente con su lógica y poder de razonamiento decidan, antes de admitir su ignorancia, y orgullosamente reclaman, como el Profesor Sayce

“que ellos han descubierto el verdadero significado de los viejos símbolos religiosos y que pueden interpretar los textos esotéricos mucho más correctamente que lo que pudieron los iniciados hierofantes de Caldea y Egipto”.

Esto quiere decir que los antiguos hierogramatistas y sacerdotes, quienes fueron los inventores de todas las alegorías que sirvieron de velo a las muchas verdades enseñadas a las Iniciaciones, no poseían la clave de los textos sagrados, compuestos o escritos por ellos mismos.

Todo esto es comparable con otras ilusas pretensiones de algunos sanskritólogos, quienes a pesar de nunca haber estado en la India, reclaman conocer el acento sánscrito y su pronunciación, como también el significado de las alegorías védicas, mucho más, que los más sabios entre los grandes pandits y expertos en Sánscrito de la India.

Después de todo esto quién no se asombraría de que los dialectos y códigos de nuestros alquimistas y Kabalistas medievales, sean también leídos literalmente por el estudiante moderno y que el Griego y aun las ideas de Aechilles, sean “corregidas” y mejoradas por los sabios Griegos de Cambrigde y Oxford, y que las parábolas vedadas de Platón, sean atribuidas a su “ignorancia”.

Si los estudiantes de las lenguas muertas en verdad supieran, debieran saber que el método estricto a la Ley de Causa y Efecto fue aplicado en la antigüedad así como también se hace hoy la moderna filosofía; es por eso que desde la primera aparición del hombre, la verdad fundamental de todo lo que se nos permite saber en la tierra estaba en las manos seguras de los Adeptos del Santuario; que la diferencia de credos y religiones practicadas era solamente externa; y que esos guardianes de la primitiva divina revelación, han sido quienes han resuelto cada problema que es posible de entender por el intelecto humano, y que estaban unidos por la universal hermandad de la ciencia y la filosofía, la cual formó una cadena ininterrumpible alrededor del globo.

En búsqueda del final del camino

Es para la Filología y los Orientólogos tratar de encontrar el final de la madeja. Pero si persisten en buscar en una sola dirección y en la dirección equivocada, la verdad y los hechos, jamás se descubrirán. Es por lo tanto un deber de la psicología y la Teosofía ayudar al mundo a descubrir esas verdades.

Estudien las religiones Orientales a la luz de la filosofía oriental -no occidental- y si llegasen a colocar un simple engarce del sistema de las viejas religiones, la cadena de misterios puede muy bien desenredarse. Pero para alcanzar este objetivo no se debe estar de acuerdo con aquellos que enseñan que es antifilosófico investigar en las primeras causas, y que todo lo que podemos hacer es considerar los fenómenos físicos. El campo de la investigación científica esta lleno de fenómenos por todos los lados, pero una vez el limite de la materia es alcanzado, la investigación debe detenerse y recomenzarse de nuevo.

Como el Teósofo no quiere jugar a ser la ardilla que mueve la rueda, debe rehusarse a seguir las indicaciones de los materialistas. Él, más que nadie, sabe que las evoluciones del mundo físico, de acuerdo con la antigua doctrina, es seguida por la misma evolución en el mundo del intelecto, ya que la evolución espiritual en el universo se manifiesta en ciclos, exactamente como la física. ¿No vemos en la historia una alternación regular de ascenso y descenso en la marea del progreso humano? ¿No vemos en la historia universal y aun hallamos esto mismo en nuestras propias experiencias, de que los grandes imperios del mundo, después de alcanzar la culminación de su grandeza, descienden otra vez, de acuerdo con la misma ley por la cual ascendieron?

Más aun, habiendo descendido a su punto mas bajo, la humanidad se surge de sus propios deshechos y asciende una vez más, hasta la altura de su misma esencia, de acuerdo a la ley de progresivo ascenso por ciclos, de alguna manera más alta, que el punto del cual descendiera una vez. Reinos e imperios están debajo de esta misma ley cíclica, como también las plantas, razas y todo lo que existe en el Kosmos.

Las edades de Oro, Plata, Bronce y Hierro

Vemos lo mismo en toda clase de literaturas. Una edad de inspiraciones e inconsciente productividad, es invariablemente seguida por una edad de críticas y conciencia. Una le da a la otra el material de análisis y críticas al intelecto del otro. “El momento es más que oportuno, para que se revisen las viejas filosofías. Arqueólogos, filósofos, astrónomos, químicos y físicos están acercando el punto donde tendrán que considerarlas. La ciencia física esta alcanzando el limite del campo de su exploración: la teología dogmática ve la fuente de su inspiración secarse.

El día esta llegando cuando el mundo recibirá la prueba de que solo las antiguas religiones estaban en armonía con la naturaleza, y la ciencia antigua alcanzaba todo lo que es posible conocer. “Una vez más la profecía hecha en “Isis sin Velos” veintidós años atrás es reiterada. “Secretos largamente mantenidos serán revelados; libros por mucho tiempo olvidados y arte por mucho tiempo perdido, serán traídos a la luz de nuevo; papiros y pergaminos de inestimable importancia aparecerán en las manos de hombres, quienes pretenderán haberlos desenrollados de momias, o tropezarse con ellos en criptas enterradas; cerámicas y columnas, cuyas revelaciones esculpidas asombraran a los teólogos y confundirán a los científicos, están por descubrirse e interpretarse. ¿Quién conoce de las posibilidades del futuro?

Una era de desencantamiento y reconstrucción pronto llegará — No- ya ha comenzado. El ciclo ha casi recorrido su curso; uno nuevo esta a punto de comenzar, y las futuras páginas de la historia contendrán toda la evidencia, y darán las pruebas reales de todo lo dicho. “Desde el día que esto fue escrito mucho ya ha acontecido, el descubrimiento de las cerámicas Asirias y sus cronologías, por si solo, han forzado a los interpretes de las inscripciones cuneiformes- ambos cristianos y libres pensadores- a alterar la mismísima edad atribuida al planeta.

La cronología de los Purânas hindúes, reproducida en “la Doctrina Secreta”, es ahora menospreciada, pero llegara el tiempo cuando será universalmente aceptada. Esto puede ser tomado como una simple presunción, pero solo será en el presente. Es en verdad cuestión de tiempo. Todo el resultado del enfrentamiento entre los defensores de la antigua sabiduría y sus detractores-laicos y religiosos- descansa: a) en la incorrecta comprensión de la vieja filosofía, por la carencia de las claves que los Asiriólogos afirman haber descubierto y: b) en las materialistas y antropomórficas tendencias de la era.

Esto en ninguna manera trata de impedir que Darwinistas y filósofos materialistas de desentierren las minas intelectuales de los antiguos y se apoderen de las riquezas de ideas que estas poseen. Ni a los teólogos, de descubrir dogmas cristianos en la filosofía de Platón y llamarlas “presentimientos” como en el Libro del Dr. Lundy titulado Cristianeidad Monumental y otros tipos de trabajos contemporáneos. De tales “presentimientos” toda la literatura- o lo que queda de esa literatura sacerdotal- de la India, Egipto, Caldea, Persia, Grecia y aun Guatemala (Popul Vuh), esta llena.

Lo que por sí se establece como una eterna y continua evidencia y prueba de la existencia de ese Unico Principio, es la presencia de un innegable diseño en el mecanismo cósmico, nacimiento, crecimiento, muerte y transformación de todo lo que existe en el universo, desde la silenciosa e inalcanzable estrella, hasta el más insignificante liquen; desde el hombre hasta las invisibles vidas, ahora llamadas microbios.

Es por tanto de una aceptación universal la “Mente Divina”, el Ánima Mundi de toda la antigüedad. Esta idea de Mahat (el grande) Akâshâ o el Aura de Brahma de transformación, de los Hindúes, del Alaya; “El Divino Ser de Misericordia y Compasión” de los místicos trans-himalayicos; “la eterna razón de la Divinidad”, de Platón, es la más antigua de las doctrinas hasta ahora conocida y creída por el hombre.

Por lo tanto no se puede decir que se originó con Platón o con Pitagoras ni con ninguno de los demás filósofos dentro del periodo histórico. Los oráculos de Caldea dicen:

“El trabajo de la naturaleza co-existe con la intelecta luz espiritual del Padre. Porque es el Alma [Greek: yuce] la que embellece el gran Cielo y la que lo adorna después del Padre”.

Pitágoras trajo sus doctrinas de los santuarios orientales y Platón las compilo dentro de una forma más inteligible, que los numerales misteriosos del Sabio–cuyas doctrinas él había totalmente abrazado- de manera que el Cosmo es “El Hijo” según Platón, teniendo como padre y madre a la Divina Mente y la Materia. La primera idea “nacida de la oscuridad antes de la creación del mundo” yace dentro de la mente no manifestada; la segunda es la Idea que emana como una reflexión de la Mente (ahora el Logos manifestado), revistiéndose de materia, y asumiendo una existencia objetiva.

Para terminar quiero dedicar un párrafo a unas páginas web donde tienen muchos descuentos y promociones de las que os podéis aprovechar. En todas ellas, podéis conseguir libros, música y un sinfín de artículos cristianos que os acercarán más todavía a nuestro Dios.

El cristianismo, ¿En qué consiste?

La Biblia no era un sistema particular de teología deducido de ella— era la guía suprema y plenamente suficiente de la Iglesia, en todas las épocas, en todas las latitudes y bajo todas las circunstancias. Ahora nos proponemos presentar a nuestros lectores, no una forma particular de religiosidad humana, sino el cristianismo en su excelencia moral y en su belleza divina, tal como está ilustrado en este conocido pasaje de la epístola a los Filipenses. No osamos tomar la defensa de los hombres ni de sus sistemas. Los hombres yerran en su teología y en su moral, pero la Biblia y el cristianismo permanecen inalterables e inquebrantables. ¡Qué gracia indecible! ¿Quién podría apreciarla debidamente? Poseer una regla perfecta de teología y de moral, es un privilegio por el que jamás podríamos estar suficientemente agradecidos. Poseemos esta norma —bendito sea Dios— en la Biblia y en el cristianismo que ella expone. Los hombres pueden errar en sus creencias y faltar en su conducta, pero la Biblia no deja de ser la Biblia, y el cristianismo no deja de ser el cristianismo.

Ahora bien, creemos que el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses nos presenta el modelo de un verdadero cristiano, un modelo según el cual todo cristiano debería ser formado. El hombre que se nos muestra aquí, podía decir por el Espíritu Santo: “Hermanos, sed imitadores de mí” (Filipenses 3:17). Él no habla así en su carácter de apóstol, ni como hombre dotado de dones extraordinarios, habiendo tenido el privilegio de haber visto inefables visiones. En este versículo 17 de nuestro capítulo, no oímos a Pablo el apóstol ni a Pablo el vaso dotado, sino a Pablo el cristiano. Nosotros no podríamos seguirlo en su brillante carrera como apóstol. No podríamos seguirlo en su arrebatamiento al tercer cielo; pero sí podemos seguirlo en su marcha cristiana a través de este mundo; y nos parece que en este capítulo tenemos una vista completa de esta marcha, y no solamente de la marcha en sí, sino también del punto de partida y de la meta. Vamos, pues, a considerar:

· Primero: La posición del cristiano
· Segundo: El objeto del cristiano
· Tercero: La esperanza del cristiano

¡Que el Espíritu Santo sea nuestro instructor, mientras nos detenemos un poco en estos puntos tan importantes y tan llenos de interés! Y ahora, abordemos el primer punto:

1. La posición del cristiano

Este punto, en nuestro capítulo, se halla desarrollado de manera doble. No sólo se nos dice lo que es la posición del cristiano, sino también lo que no es. Si alguna vez ha existido un hombre que pudiera jactarse de tener su propia justicia con la cual estar delante de Dios, ése ha sido Pablo. “Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:4-6).

He aquí un muy notable catálogo que presenta todo lo que se podría desear para constituir una buena posición en la carne. Nadie podía aventajar a Saulo de Tarso. Él era un judío de pura cepa, de una conducta irreprensible, con un celo ferviente y una devoción inquebrantable. En sus principios, era un perseguidor de la Iglesia. Como judío, era imposible que no viese que los fundamentos mismos del judaísmo eran sacudidos por la nueva economía de la Iglesia de Dios. Era absolutamente imposible que el judaísmo y el cristianismo pudiesen subsistir sobre el mismo terreno, o que pudiesen reinar juntos sobre el mismo espíritu. Un rasgo especial del antiguo sistema era la estricta separación de judíos y de gentiles; un rasgo especial del último es la íntima unión de ambos en un solo y mismo cuerpo. El judaísmo erigía y mantenía la pared intermedia de separación; mientras que el cristianismo la derribó para siempre.

Por tal motivo, Saulo de Tarso, como celoso judío, no podía ser sino un ardiente perseguidor de la Iglesia de Dios. Ello era parte de su religión, en la cual él “aventajaba a muchos de sus contemporáneos en su nación”, siendo “mucho más celoso” (Gálatas 1:14). Saulo tenía todo lo que se podía tener bajo forma de religión; cualquiera fuese la altura que el hombre podría alcanzar, él la alcanzaba. No se le escapaba nada que pudiese contribuir a construir el edificio de su propia justicia, de la justicia en la carne, de la justicia en la vieja creación. Le fue permitido apropiarse de todas las atracciones de una justicia legal, a fin de que pudiese arrojarlas lejos de él en medio de las glorias más brillantes de la justicia divina. “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:7-9).

Debemos notar aquí que el pensamiento más sobresaliente en este pasaje no es el de un pecador culpable que echa mano de la sangre de Jesús para obtener el perdón, sino más bien el de un legalista que echa de lado, como escoria, su propia justicia, por haber encontrado una mejor. Ni precisamos mencionar que Pablo era un pecador por naturaleza, “el primero de los pecadores”, y que, como tal, tuvo que apropiarse de la sangre preciosa de Cristo, y hallar allí el perdón, la paz y la aceptación para con Dios. Muchos pasajes del Nuevo Testamento nos enseñan esto; pero no es éste el pensamiento principal del capítulo que estamos considerando. Pablo no está hablando de sus pecados sino de sus ganancias. No está ocupado con sus necesidades como pecador, sino de sus ventajas como hombre, como hombre en la carne, como hombre en la vieja creación, como judío, en una palabra.

Es cierto, benditamente cierto, que Pablo trajo todos sus pecados a la cruz y que ellos fueron lavados en la sangre expiatoria de la divina ofrenda por el pecado. Pero vemos otra cosa en este importante pasaje. Vemos a un hombre legalista arrojando lejos de sí su propia justicia y estimándola como una cosa repugnante y sin valor en comparación con un Cristo resucitado y glorificado, quien es la justicia del cristiano, la justicia que pertenece a la nueva creación. Pablo tenía pecados que lamentar, pero tenía una justicia en la cual podía gloriarse. Tenía culpa en la conciencia, y laureles en la frente. Tenía abundantes cosas de que avergonzarse, y abundantes cosas de que gloriarse. Pero el punto principal que se presenta en Filipenses 3:4-8 no es el de un pecador cuyos pecados han sido perdonados, su culpa borrada y su vergüenza cubierta, sino el de un legalista que deja atrás su propia justicia, el de un erudito que se despoja de todos sus laureles, el de un hombre que abandona su vanagloria por la sencilla razón de que ha hallado la verdadera gloria, el galardón inmarcesible y una eterna justicia en la Persona de un Cristo victorioso y exaltado. No se trataba solamente de que Pablo, el pecador, tuviese necesidad de una justicia, porque, en realidad, él no tenía ninguna; sino de que Pablo, el fariseo, prefería la justicia que le fue revelada en Cristo, porque ella era infinitamente mejor y más gloriosa que toda otra.

Sin duda, Pablo, como pecador, tenía necesidad de una justicia, en la cual pudiese estar de pie ante Dios, como todo otro pecador; pero no es eso lo que él nos presenta en este capítulo. Deseamos que nuestros lectores comprendan con claridad este punto, a saber, que no es sólo cuestión de que mis pecados me muevan hacia Cristo, sino de que Sus excelencias me atraen a Él. Es cierto que tengo pecados y que, por lo tanto, necesito a Cristo; pero aunque tuviese una justicia, la arrojaría lejos de mí y sería dichoso de refugiarme “en Él”. Sería una positiva “pérdida” para mí el tener una justicia propia, ya que Dios me ha provisto en su gracia de tan gloriosa justicia en Cristo. Es como Adán en el huerto de Edén; estaba desnudo y, en consecuencia, se hizo un delantal; pero habría sido una “pérdida” para él el hecho de conservar el delantal después que Jehová Dios le hiciera una túnica. Seguramente era muchísimo mejor tener una túnica hecha por la mano de Dios, que un delantal hecho por la mano del hombre. Así pensó Adán, así pensaba Pablo, y así pensaban todos los santos de Dios cuyos nombres hallamos grabados en las páginas sagradas. Es mejor estar en la justicia de Dios, que es por la fe, que estar en la justicia del hombre, que es por las obras de la ley. No es solamente una gracia ser librados de nuestros pecados mediante el remedio que Dios proveyó, sino que es también una gracia ser librados de nuestra justicia y aceptar, en lugar de ella, la justicia que Dios reveló.

Así pues, vemos que la posición de un cristiano está en Cristo. “Hallado en él” (Filipenses 3:9). Ésta es la posición cristiana. Nada más ni nada menos que ésta. No es que una parte esté en Cristo y la otra en la ley, una parte en Cristo y otra en las ordenanzas. No; se halla toda “en él”. Ésta es la posición que el cristianismo provee. Si se la tocase en lo más mínimo, no sería más el cristianismo. Puede que se trate de algún «ismo» antiguo, de un «ismo» medieval o de algún «ismo» nuevo; pero si fuese otra cosa que no sea solamente “hallado en él”, seguramente no sería el cristianismo del Nuevo Testamento. Vemos, pues, la importancia, en el tiempo en que vivimos, de actuar en las conciencias de nuestros lectores. Les suplicamos que consideren bien este primer punto, como lo ha expresado un himno: «En Cristo está nuestra posición.» Él es nuestra justicia; él mismo, el Cristo crucificado, resucitado, exaltado y glorificado. Sí, él es nuestra justicia. “Ser hallado en él”, he aquí la propia posición cristiana. No es el judaísmo, el catolicismo, ni ningún otro «ismo». No es ser miembro de esta iglesia o de tal otra, sino que es estar en Cristo. Éste es el gran fundamento del verdadero cristianismo práctico. Ésta es, en una palabra, la posición del cristiano.

2. El objeto del cristiano

Aquí nuevamente vemos que el cristianismo nos coloca delante de Cristo solo. El hecho “de conocerle” (Filipenses 3:10) constituye la aspiración del verdadero cristiano. Si la posición del cristiano es “ser hallado en él”, “conocerle” constituye su único objeto, su única meta. La filosofía de los antiguos tenía un adagio que era constantemente presentado a la atención de sus discípulos: «Conócete a ti mismo.» El cristianismo, al contrario, tiene otra palabra, que tiende a un objeto más noble y elevado. Nos insta a conocer a Cristo, a hacer de él el objeto de nuestro corazón, a fijar nuestra mirada en él.

Esto y sólo esto constituye el objeto del cristiano. Tener cualquier otro objeto no constituye en absoluto el cristianismo, y lamentablemente los cristianos tienen otros objetos en que ocuparse. Por eso decíamos al principio de nuestro artículo, que lo que deseábamos presentar a nuestros lectores es el cristianismo y no la marcha de los cristianos. Poco importa cuál sea el objeto que nos ocupa; desde el momento que no es Cristo, no es el cristianismo. El anhelo del verdadero cristiano tenderá siempre hacia lo que se dice en estas palabras: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (v. 10).

La meta del cristiano no es hacer su camino en el mundo, ir en busca del dinero, procurar alcanzar una posición social elevada, buscar engrandecer su familia, hacerse de un nombre y buscar fama. Él no aspira a ser considerado un gran hombre, un hombre rico, un hombre popular. No, ninguna de estas cosas es un objeto cristiano. Ellas pueden constituir las aspiraciones de aquellos que no han hallado mejores bienes; pero el cristiano ha hallado a Cristo. En esto reside toda la diferencia. Puede parecer natural para un hombre que no conoce a Cristo como su justicia, hacer lo mejor que pueda para forjar su propia justicia; pero para aquel cuya posición está en un Cristo resucitado, la más perfecta justicia que pudieran producir los esfuerzos humanos, no sería más que una pérdida. Es exactamente lo mismo cuando se trata de un objeto. La cuestión no es decir: «¿Qué hay de malo en tal o cual cosa?», sino: «¿Es esto de Cristo?».

Es útil considerar esto, pues estamos seguros de que una de las grandes causas de la baja condición espiritual que prevalece entre los cristianos, se debe justamente al hecho de que la mirada es quitada de Cristo, y fijada en tal o cual objeto inferior. El objeto puede tener en sí mismo cierto valor moral para un hombre del mundo, para un hombre que no ve nada más allá de su lugar en la naturaleza, en la vieja creación. Pero, para el cristiano, no es así. Él no es de este mundo. Está en el mundo, pero no es del mundo. Ellos “no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”, dice nuestro amado Señor (Juan 17:14). “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20), y nunca debiéramos estar satisfechos con un objeto inferior a Cristo. No importa en lo más mínimo la posición social en la cual estemos. Un hombre puede ser un recolector de residuos o un príncipe, o puede ocupar uno de los numerosos grados entre estos dos extremos sociales; es todo lo mismo si Cristo constituye su único y verdadero objeto. No es la condición social de un hombre, sino el objeto que persigue, lo que le confiere su carácter.

El apóstol Pablo no tenía sino un solo objeto: Cristo. Ya sea que se quedase en un lugar o que estuviese de viaje, que predicase el Evangelio o que juntase ramas secas para las estacas (Hechos 18), que estableciese iglesias o que hiciera tiendas, su objeto era Cristo. Tanto de noche como de día, en casa o fuera de ella, por mar o por tierra, solo o con otros, en público o en privado, Pablo podía decir: “Una cosa hago” (v. 13); y esto, notémoslo bien, no se trata solamente de Pablo el diligente apóstol, Pablo el santo arrebatado al tercer cielo, sino de Pablo el cristiano vivo, activo y caminante; de aquel que podía decirnos: “Hermanos, sed imitadores de mí” (v. 17). Y no deberíamos contentarnos con nada menos. Nuestras faltas —es triste decirlo, pero es cierto—, son numerosas; pero mantengamos siempre ante nuestros ojos el verdadero objeto. El escolar, que escribe unas líneas, sólo puede esperar que la página que redacta quede prolija si mantiene sus ojos fijos en la primera línea del encabezamiento que subrayó con una regla. Ahora bien, si luego aparta su mirada de la línea modelo, y se empieza a fijar en la última línea que acaba de trazar —lo cual es una tendencia muy común—, entonces cada línea subsiguiente se irá desviando cada vez más de la precedente. Lo mismo ocurre con nosotros: Apartamos la mirada de nuestro divino y perfecto modelo, y comenzamos a considerarnos a nosotros mismos, a fijarnos en nuestros propios esfuerzos, en lo que somos nosotros, en nuestros propios intereses, en nuestra reputación. Comenzamos a pensar en lo que estaría de acuerdo con nuestros principios, con la profesión que hacemos, con nuestra posición en el mundo, en lugar de pensar en el único objeto que el cristianismo pone ante nosotros, esto es, Cristo.

Pero —dirá alguno— ¿dónde se halla esto? En efecto, si lo buscamos en las filas de los cristianos de nuestros días, ello será ciertamente difícil. Pero es lo que nos dice el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses, y esto ha de bastarnos. Hallamos allí un modelo del verdadero cristianismo, que debemos tener única y continuamente ante los ojos. Si nuestros corazones quisieran ir en pos de otras cosas, entonces juzguémoslos. Comparemos las líneas que trazamos con la línea modelo, y busquemos seriamente reproducir una copia fiel a partir de ella. Sin duda habremos de llorar por nuestras frecuentes caídas, pero estaremos ocupados con nuestro verdadero objeto, y tendremos así formado nuestro carácter cristiano; porque, no lo olvidemos, éste es el móvil que nos hace actuar, que forma nuestro carácter; cada objeto anhelado, forma nuestro carácter. Si mi meta es el dinero, seré avaro; si busco el poder, seré ambicioso; si amo las letras, seré un literato; si mi objeto es Cristo, seré cristiano. No se trata aquí de una cuestión de vida o de salvación, sino de cristianismo práctico. Si alguien nos pidiera que definamos en pocas palabras qué es un cristiano, en seguida responderíamos que es un hombre cuyo objeto es Cristo. Esto es muy simple. ¡Ojalá que podamos experimentar el poder de esta verdad, de manera de manifestar un carácter de discípulos más sano y vigoroso, en estos días en que tantos cristianos, lamentablemente, tienen sus pensamientos en las cosas terrenales!

Concluiremos este breve e imperfecto esbozo de un tema tan amplio e importante, con algunas palabras sobre la esperanza del cristiano.

3. La esperanza del cristiano

Este tercer y último punto se presenta en nuestro capítulo de una manera tan característica como los otros dos. La posición del cristiano es ser hallado en Cristo; el objeto del cristiano es conocer a Cristo, y su esperanza es ser semejante a Cristo. ¡Cuán admirablemente perfecto es el lazo que existe entre estas tres cosas! Desde el momento que me hallo en Cristo como mi justicia, anhelo conocerle como mi objeto, y cuanto más le conozco, tanto más ardientemente deseo ser semejante a él, esperanza que sólo puede concretarse cuando le vea tal como él es. Al poseer una justicia perfecta y un objeto perfecto, sólo anhelo una cosa más, a saber: acabar con todo lo que me impida gozar plenamente de este objeto. “Mas nuestra ciudadanía[1] está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:20-21).

Y ahora, al reunir estos pensamientos, tenemos un cuadro completo del cristianismo. No hemos procurado desarrollar aquí ninguno de estos tres puntos mencionados; porque, bien podemos decir, cada uno de ellos requeriría un volumen. El lector haría bien en continuar por sí solo con este admirable estudio. Que para ello se eleve por encima de las imperfecciones y de las inconsecuencias de los cristianos, para contemplar la grandeza moral del cristianismo, tal como este capítulo nos lo muestra en la vida y el carácter de Pablo; y que el lenguaje de su corazón sea: «Que otros hagan como quieran; en cuanto a mí, nada menos que este precioso modelo podrá satisfacer mi corazón; además, quiero quitar mi mirada de los hombres, para fijarla solamente en Cristo, y hallar todo mi gozo en él como mi justicia, mi objeto y mi esperanza.» ¡Que así sea para el escritor y para el lector, por amor a Jesús!

C.H.M.
NOTAS

[1] N. del T.— El término griego que aparece aquí es politeuma, que significa la condición y derechos de ciudadano, como también la conducta política de un ciudadano.

La religión como parte principal de la cultura

No hace falta decir, que el Islam es la religión principal en Qatar.  aprender algo sobre el Islam y el respeto de sus tradiciones y prácticas es importante para todas las personas que, como yo, estén interesadas en la cultura en Qatar.

Características

Tened en cuenta, que los seguidores de la fe islámica son los musulmanes. Para ellos, Islam no es sólo una religión, sino una forma de vida que rige y guía su camino a través de este mundo y el siguiente. Es una parte integral y generalizada de todos los aspectos de la vida. El culto público, aquí, es visto como más importante que casi cualquier otra cosa. Libros religiosos y escritos se encuentran en todas partes. La frase ‘En el nombre de Dios, el compasivo, el Misericordioso’ se encuentra en la parte superior de la mayoría de la correspondencia.

Islam significa ‘sumisión activa a la voluntad de Dios’. La religión enseña que Dios controla absolutamente todo. Escucharás ‘La ilaha illa Allah, Mohammadun rasulu Allah’ (‘no hay Dios sino Dios, y Mahoma es su Profeta). Mahoma nació en Meca en alrededor de 571AD y comenzó a recibir revelaciones en la edad de 40. Tres años más tarde, comenzó a predicar, para desafiar a las religiones paganas locales. Como resultado, Mohammed y sus seguidores – musulmanes – tuvieron que huir a la ciudad de Medina de 622AD. Este éxodo es considerado como el comienzo de la era musulmana y es año cero. El comienzo del calendario islámico. De la misma manera la fecha de nacimiento de Cristo es el comienzo del calendario cristiano.

El Sagrado Corán (Qu’ran) es la palabra de Dios según lo revelado por el ángel Gabriel al profeta Mohammed en la Meca. El principal punto de desacuerdo con el cristianismo es, que mientras los musulmanes perciben y veneran a Jesús como un Profeta (segundo en estatura a Mahoma), disputan su divinidad. En las palabras del Corán, ‘ni era nacido de Dios, ni lo dan a luz’. El musulmán cree que todas las personas nacen al Islam pero se desvían a otras religiones, generalmente por sus padres.

Hay 5 pilares del Islam: fe, rezo, caridad, ayuno y peregrinación.

Sobre la formación de las iglesias

Las circunstancias actuales han llevado a muchos cristianos a considerar si los creyentes son verdaderamente competentes para formar iglesias, según el modelo de las iglesias primitivas, y si la formación de tales cuerpos está actualmente en armonía con la voluntad de Dios.

Uno no puede sino reconocer la confusión que existe en la cristiandad, y algunos estiman que la única manera de hallar la bendición en medio de toda esta ruina es formando y organizando iglesias. Otros consideran que un intento de esa naturaleza es un mero producto del esfuerzo humano, y que, como tal, carece de la primera condición de una bendición duradera, la cual sólo puede hallarse en una entera dependencia de Dios; aunque desde luego reconocemos que la sinceridad y la verdadera piedad de muchos que han tomado parte en esta acción, puede hasta cierto punto tener la bendición de Dios.

El que escribe estas páginas, unido por los lazos más fuertes de afecto fraternal y amor en Cristo a muchos de los que pertenecen a cuerpos que asumen el título de Iglesia de Dios, ha evitado cuidadosamente todo conflicto con sus hermanos sobre este tema, aunque a menudo ha dialogado con ellos acerca de estas cuestiones. No ha hecho más que separarse de las cosas que se hallaban en ese cuerpo, cuando ellas le parecían contrarias a la Palabra de Dios, procurando solícitamente, no obstante, guardar “la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, y teniendo en cuenta aquellas palabras: “Si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca” (Jeremías 15:19), instrucción de infinito valor en medio de la confusión actual. Pero su afecto no ha disminuido, ni se han roto ni debilitado sus vínculos.

Dos consideraciones impelen al escritor de manera especial a declarar lo que para él es el pensamiento de las Escrituras sobre este tema: un deber hacia el Señor (y el bien de Su Iglesia es de la mayor consideración), y luego un deber de amor hacia sus hermanos, amor que debe ser dirigido por la fidelidad al Señor. Escribe estas páginas debido a que la idea de hacer iglesias constituye el verdadero obstáculo para el cumplimiento de lo que todos desean, a saber, la unión de los santos en un solo cuerpo: primero, porque en aquellos que lo han intentado, al sobrepasar el poder que el Espíritu les había dado, ha obrado la carne; y, en segundo lugar, porque aquellos que estaban fatigados del mal de los sistemas nacionales, al verse en la necesidad de escoger entre ese mal y lo que satisfacía el punto de vista de ellos como congregaciones disidentes, se quedan a menudo donde se encuentran, sin esperanzas de hallar algo mejor.

En las condiciones actuales sería una extravagancia afirmar que estas iglesias puedan realizar la deseada unión, pero no voy a insistir en ello para no entristecer a algunos de mis lectores. Mi intención es más bien poner en primer término los puntos en los que estamos de acuerdo, puntos que a la vez nos ayudarán a formarnos un juicio claro y cierto sobre muchos sistemas actualmente existentes, sistemas que, si bien son incapaces de producir el bien deseado por un gran número de hermanos, dejan a sus partidarios, como único consuelo y excusa, el pensamiento de que los demás no pueden hacer más que ellos para alcanzar la meta propuesta.

El propósito de Dios en cuanto a la reunión de los creyentes en la tierra

Es el deseo de nuestros corazones y, según creemos, la voluntad de Dios en esta dispensación[2], que todos los hijos de Dios estén reunidos como tales, y, por consiguiente, fuera de este mundo. El Señor se dio a sí mismo “no solamente por la nación (los judíos), sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Esta reunión de todos en uno era, pues, el motivo inmediato de la muerte de Cristo. La salvación de los elegidos era tan cierta antes de Su venida —aunque se cumplió por medio de ella— como más tarde. La dispensación judía, que precedió a Su venida a este mundo, tenía por objeto, no reunir a la Iglesia sobre la tierra, sino mostrar el gobierno de Dios por medio de una nación elegida. En la actual dispensación, el propósito del Señor es reunir así como salvar, no solamente realizar la unidad en los cielos, donde los propósitos de Dios se cumplirán ciertamente, sino aquí en la tierra, por “un solo Espíritu” enviado del cielo. “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13). Ésta es la innegable verdad respecto a la Iglesia, tal como la Palabra nos la presenta. Muchos pueden tratar de demostrar que hipócritas y malvados se han infiltrado en la Iglesia; pero no se puede escapar a la conclusión de que había una Iglesia en la cual se deslizaron. La unión de todos los hijos de Dios en un solo cuerpo es evidentemente según el pensamiento de Dios en la Palabra.

La posición de los sistemas nacionales en cuanto a la reunión de los creyentes

En cuanto a los llamados sistemas nacionales, es imposible hallar rastros de su existencia anteriormente al período de la Reforma. Ni su misma noción parece haber existido antes de este período. Lo único que podemos encontrar que sea mínimamente análogo —los privilegios de la Iglesia galicana y la práctica de votar por naciones en algunos concilios generales— son cosas tan ampliamente diferentes que no demandan discusión alguna.

El nacionalismo, es decir, la división de la Iglesia en cuerpos formados de tal o cual nación, es una novedad que data de cuatro siglos[3], aunque en estos sistemas se encuentran muchos queridos hijos de Dios. La Reforma no tocó directamente la cuestión del verdadero carácter de la Iglesia de Dios. No hizo nada para restaurarla a su estado primitivo. Hizo algo que es mucho más importante: expuso la verdad de Dios tocante a la gran doctrina de la salvación de las almas, con mucha más claridad y con un efecto mucho más poderoso que el moderno avivamiento. Pero no restableció la Iglesia en sus facultades primitivas: al contrario, la sujetó en general al Estado para librarla del Papa, porque consideraba peligrosa la autoridad papal y consideraba como cristianos a todos los sujetos de un país.

Para escapar de esta anomalía, creyentes fieles trataron de hallar refugio en una distinción entre una iglesia visible y una iglesia invisible. Pero leamos la Escritura: “Vosotros sois la luz del mundo.” ¿Qué valor tiene una luz invisible? “Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14). Decir que la verdadera Iglesia ha sido reducida a la condición de invisible es decidir toda la cuestión, y afirmar que la Iglesia ha perdido enteramente su posición original[4] y carácter esencial, y que está en un estado de apostasía, es decir, que se ha apartado del propósito de Dios y de la constitución que ella había recibido de Él; pues Dios no encendió una lámpara para ponerla debajo de un almud, sino para ponerla sobre el candelero para alumbrar a todos los que están en la casa (Mateo 5:15). Si se volvió invisible, dejó de responder al propósito para el cual fue constituida (véase Juan 17:21), es apóstata. Tal es, según su propio testimonio, el estado público del cristianismo.
La posición de la disidencia en cuanto a la reunión de los creyentes

Estamos, pues, de acuerdo en el hecho de que la reunión de todos los hijos de Dios en uno es según el propósito del Señor expresado en su Palabra.
Pero mi pregunta, antes de seguir, es ésta: ¿Puede uno creer que las iglesias disidentes, tal como existen en éste y en otros países, hayan alcanzado este objetivo, o que sea probable que lo alcancen?

Esta verdad de la reunión en uno de los hijos de Dios, la Escritura la presenta llevada a cabo en diferentes localidades; y en cada localidad, los cristianos allí residentes constituían un solo cuerpo. Las Escrituras son perfectamente claras a este respecto. Desde luego, se ha planteado la objeción de que una unión así es imposible, pero sin presentar pruebas extraídas de la Palabra de Dios que apoyen tal postura. Se dice: «¿Cómo podría ser esto posible en Londres o en París?» Pues bien, ello era posible en Jerusalén, y allí había más de cinco mil creyentes. Y si bien se reunían en casas y aposentos particulares, no por eso dejaban de ser un solo cuerpo, dirigido por un solo Espíritu, por una sola regla de gobierno, en una sola comunión, y reconocidos como tales. Por tal razón, tanto en Corinto como en otros lugares, una epístola dirigida a la Iglesia de Dios habría encontrado su destino en un cuerpo conocido. E iré más allá, y añadiré que es claramente nuestro deber desear pastores y maestros que asuman el cuidado de tales congregaciones, y que Dios ciertamente los suscitó en la Iglesia tal como la vemos en la Palabra.

 

 

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