La iglesia como era al principio y su estado actual

La Iglesia desde dos puntos de vista

Podemos considerar a la Iglesia desde dos puntos de vista. Primeramente, es la reunión de los hijos de Dios, formados en un solo cuerpo, unidos por el poder del Espíritu Santo en Cristo Jesús, el hombre glorificado, ascendido al cielo. En segundo lugar, es la casa o habitación de Dios por el Espíritu.

El Salvador se dio a sí mismo, no solamente para salvar perfectamente a todos los que creen en Él, sino también “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Cristo cumplió perfectamente la obra de la redención; habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados, se sentó a la diestra de Dios. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” El Espíritu Santo nos da testimonio al decir: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:14, 17). El amor de Dios nos ha dado a Jesús; la justicia de Dios está plenamente satisfecha por Su sacrificio, y Él está sentado a la diestra de Dios como un testimonio continuo de que la obra de la redención está cumplida, de que somos aceptos en Él y de que poseemos la gloria a la que somos llamados. Según su promesa, Jesús envió al Espíritu Santo del cielo, el Consolador, quien mora en nosotros, los que creemos en Jesús, y quien nos ha sellado para el día de la redención, es decir, para la glorificación de nuestros cuerpos. El mismo Espíritu es, además, las arras de nuestra herencia.

Todas estas cosas podrían ser verdad, aun cuando no hubiese una Iglesia en la tierra. Hay individuos salvos, hay hijos de Dios herederos de la gloria del cielo; pero estar unidos a Cristo, ser miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos, es otra cosa muy distinta; y es otra cosa aún ser la habitación de Dios por el Espíritu. Nosotros hablaremos de estos últimos puntos.

No hay nada más claramente demostrado en las Santas Escrituras que el hecho de que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. No solamente somos salvos por Cristo, sino que estamos en Cristo y Cristo en nosotros. El verdadero cristiano que goza de Sus privilegios sabe que, por medio del Espíritu Santo, él está en Cristo y Cristo en él. “En aquel día”, dice el Señor, “vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (Juan 14:20). En aquel día, es decir, en el día cuando hayáis recibido el Espíritu Santo enviado del cielo. “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Corintios 6:17).

Así pues, estamos en Cristo y somos miembros de su cuerpo. Esta doctrina está ampliamente desarrollada en la epístola a los Efesios, capítulos 1 a 3. ¿Qué podría haber más claro que esta palabra: “Y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo” (Efesios 1:22, 23)? Observad que este hecho maravilloso comenzó, o se encontró que existía, tan pronto como Cristo fue glorificado en el cielo, aunque todo lo que se encuentra contenido en estos versículos no ha sido todavía cumplido. Dios, dice el apóstol, nos ha resucitado junto con Él, nos ha sentado en Él en los lugares celestiales —no todavía con Él, sino “en Él”—. Y en el capítulo 3: “Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio… para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Efesios 3:5- 6, 10).

La formación de la iglesia

La Iglesia está formada en la tierra por el Espíritu Santo que bajó del cielo, después que Cristo fue glorificado. Está unida a Cristo, su Cabeza celestial, y todos los verdaderos creyentes son sus miembros por el mismo Espíritu. Esta preciosa verdad se halla confirmada en otros pasajes; por ejemplo, en la epístola a los Romanos, capítulo 12: “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Romanos 12:4-5).

No es preciso citar otros pasajes; llamamos solamente la atención del lector respecto del capítulo 12 de la primera epístola a los Corintios. Está claro como la luz del mediodía que el apóstol habla aquí de la Iglesia en la tierra, no de una Iglesia futura en el cielo, y ni siquiera de iglesias dispersas en el mundo, sino de la Iglesia en conjunto, representada, sin embargo, por la iglesia de Corinto. Por eso se dice al comienzo de la epístola: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.” La totalidad de la Iglesia se halla claramente indicada por estas palabras: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan.” Es evidente que los apóstoles no se hallaban en una iglesia particular, y que los dones de sanidades no podían ser ejercidos en el cielo. Claramente es la Iglesia universal en la tierra. Esta Iglesia es el cuerpo de Cristo, y los verdaderos creyentes son sus miembros.

Ella es una por el bautismo del Espíritu Santo. “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (v. 12). Entonces, después de haber dicho que cada uno de estos miembros trabaja según su propia función en el cuerpo, el apóstol agrega: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (v. 27). Tened presente que esto sucede como consecuencia del bautismo del Espíritu Santo que descendió del cielo. Por consiguiente, este cuerpo existe en la tierra y comprende a todos los cristianos, dondequiera que se encuentren; ellos han recibido el Espíritu Santo, por lo que son miembros de Cristo y miembros los unos de los otros. ¡Oh, qué hermosa es esta unidad! Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros se regocijan con él.

La Iglesia es el cuerpo de Cristo, unido a Él, su Cabeza en el cielo. Venimos a ser miembros de este cuerpo por el Espíritu que mora en nosotros, y todos los cristianos son miembros los unos de los otros. Esta Iglesia que pronto será hecha perfecta en el cielo, es formada actualmente en la tierra por el Espíritu Santo enviado del cielo, quien mora con nosotros y por quien todos los verdaderos creyentes son bautizados en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). Como miembros de un solo cuerpo, los dones son ejercidos en la Iglesia entera.

Hay todavía, como lo dijimos, otro carácter de la Iglesia de Dios en la tierra; ella, aquí abajo, es la habitación de Dios. Es interesante observar que esto no tuvo lugar antes que se cumpliese la redención. Dios no habitó con Adán ni aun cuando él era todavía inocente, ni con Abraham, aunque visitó con mucha condescendencia al primer hombre en el paraíso, como lo hizo también más tarde con el padre de los creyentes. No obstante, Él nunca moró con ellos. Pero una vez que Israel fue sacado de Egipto, un pueblo redimido (Éxodo 15:13), Dios comenzó a morar en medio de su pueblo. Tan pronto como la construcción del tabernáculo fue revelada y regulada, Dios dijo: “Y habitaré entre los hijos de Israel; y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos” (Éxodo 29:45-46). Después de haber liberado a su pueblo, Dios habitó en medio de él, y la presencia de Dios fue su mayor privilegio.

La presencia del Espíritu Santo es lo que caracteriza a los verdaderos creyentes en Cristo: “Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19). “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9). Los cristianos, colectivamente, son el templo de Dios, y el Espíritu de Dios habita en ellos (1 Corintios 3:16). Sin hablar del cristiano individualmente entonces, diré que la Iglesia en la tierra es la habitación de Dios por el Espíritu. ¡Qué precioso privilegio! ¡La presencia de Dios mismo, fuente de gozo, de fuerza y de sabiduría para su pueblo! Pero al mismo tiempo, hay una enorme responsabilidad en cuanto a la manera en que tratamos a un invitado tal. Citaré algunos pasajes para demostrar esta verdad. En Efesios 2:19-22 leemos: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”

Tal es la casa de Dios en la tierra. Cuando la Iglesia esté completa, se reunirá con Cristo en el cielo, revestida de la misma gloria que su Esposo. Es necesario, antes de hablar del estado de la Iglesia tal como era al principio, señalar una diferencia que se encuentra en la Palabra de Dios, en cuanto a la casa. El Señor dijo: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Es el mismo Cristo el que edifica su Iglesia; y, por lo tanto, las puertas del hades no prevalecerán contra ella[2]. Aquí, no es el hombre el que edifica, sino Cristo. Ésta es la razón por la que el apóstol Pedro, cuando habla de la casa espiritual, no dice nada de los obreros: “Acercándoos a él, piedra viva… vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:4-5).

Los apóstoles Juan y Pablo, y más concretamente el último, hablan de la unidad manifestada ante los hombres, para testimonio del poder del Espíritu a los hombres. En Juan 17 leemos: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20-21). Aquí, la unidad de los hijos de Dios es un testimonio hacia el mundo de que Dios envió a Jesús para que el mundo crea. Como consecuencia de esta verdad, está claro que el deber de los hijos de Dios es manifestar esta realidad. Todos reconocen de qué manera el estado contrario a esta verdad es un arma en las manos de los enemigos de esta verdad.

El carácter de la casa y la doctrina de la responsabilidad de los hombres se enseñan aún en otros pasajes de la Palabra de Dios. Pablo dice: “Vosotros sois, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima, pero cada uno mire cómo sobreedifica” (1 Corintios 3:9-10). Aquí, es el hombre el que edifica. La casa de Dios se manifiesta en la tierra. La Iglesia es el edificio de Dios, pero no tenemos allí la obra de Dios solamente —esto es, los que vienen a Dios atraídos por el Espíritu Santo— sino el efecto de la obra de los hombres, que a menudo han edificado con madera, heno, hojarasca, etc.

Los hombres confundieron la casa exterior, edificada por los hombres, con la obra de Cristo que puede ser idéntica a la de los hombres, pero puede también diferir ampliamente. Falsos maestros atribuyeron todos los privilegios del cuerpo de Cristo a la “casa grande”, compuesta de toda clase de iniquidad y de hombres corrompidos (2 Timoteo 2). Este fatal error no destruye la responsabilidad de los hombres en lo que respecta a la casa de Dios —su morada por el Espíritu Santo—, como tampoco esta responsabilidad se destruye con relación a la unidad del Espíritu, en un único cuerpo sobre la tierra.

Me parece importante señalar esta diferencia, porque arroja mucha luz sobre las cuestiones actuales. Pero prosigamos con nuestro tema. ¿Cuál era el estado de la Iglesia al principio en Jerusalén? Vemos que se manifestaba el poder del Espíritu Santo maravillosamente. “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2). Y en el capítulo 4: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hechos 4:32-35). ¡Qué espléndida descripción del efecto del poder del Espíritu en sus corazones, efecto que desaparecería demasiado pronto y para siempre!; pero los cristianos deben procurar realizar este estado tanto como les sea posible.

Antes los cristianos eran todos conocidos, públicamente admitidos en la Iglesia, tanto gentiles como judíos. La unidad era manifestada. Todos los santos eran miembros de un solo cuerpo, del cuerpo de Cristo; la unidad del cuerpo era reconocida, y era una verdad fundamental del cristianismo. En cada localidad, había una manifestación de esta unidad de la Iglesia de Dios sobre la tierra; de modo que una epístola de Pablo dirigida a la iglesia de Dios en Corinto, llegaba a una sola asamblea; y el apóstol podía añadir a continuación: “con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”. Sin embargo, si hablamos especialmente de los que estaban en Corinto, dice: “Vosotros, pues, sois (el) cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.” Si un cristiano, miembro del cuerpo de Cristo, iba de Éfeso a Corinto, era necesariamente también miembro del cuerpo de Cristo en esta última asamblea. Los cristianos no son miembros de una asamblea, sino de Cristo. El ojo, la oreja, el pie o cualquier otro miembro que estuviese en Corinto, lo era también en Éfeso. En la Palabra no encontramos la idea de ser miembro de una iglesia, sino de miembros de Cristo.

El ministerio, tal como es presentado en la Palabra, es también una prueba de la misma verdad. Los dones, fuente del ministerio, otorgados por el Espíritu Santo, estaban en la Iglesia (1 Corintios 12:8-12, 28). Aquellos que los poseían eran miembros del cuerpo. Si Apolos era maestro en Corinto, lo era también en Éfeso. Si era el ojo, la oreja, o cualquier otro miembro del cuerpo de Cristo en Éfeso, también lo era en Corinto. No hay nada más claramente expresado sobre este tema que lo que leemos en 1 Corintios 12: un cuerpo, muchos miembros; la Iglesia era una sola, y en ella se hallaban los dones que el Espíritu Santo había dado —dones que se ejercían en cualquier localidad donde pudiese estar el que los poseyera—. El capítulo 4 de la epístola a los Efesios contiene la misma verdad. Cuando Cristo ascendió a lo alto, “dio dones a los hombres… Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”

La Cena era la señal exterior de la unidad: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Corintios 10:17). El testimonio que la Iglesia rinde hoy es más bien éste: que el Espíritu Santo, su poder y su gracia, no puede superar las causas de las divisiones. La mayor parte de esto que se llama la Iglesia es el asiento de la corrupción más grosera y la mayoría de aquellos que presumen de su luz son incrédulos. Ortodoxos, reformados, católicos, luteranos, no toman la Cena juntos; se condenan unos a otros. La luz de los hijos de Dios que se encuentran en las distintas sectas, yace oculta bajo un almud; y los que se separan de estos cuerpos, porque no pueden soportar esta corrupción, se dividen en cientos de partidos que no tomarán la Cena juntos. Ni los unos, ni los otros, pretenden ser la Iglesia de Dios, pero dicen que ella se ha vuelto invisible. ¿Cuál es, pues, el valor de una luz invisible? Sin embargo, no hay ni humillación, ni confesión, por más que se reconozca que la luz se volvió invisible. La unidad, en lo que respecta a su manifestación, está destruida. La Iglesia, que una vez era bella, unida, celestial, perdió su carácter; se halla oculta en el mundo; y los mismos cristianos son mundanos, llenos de codicias, ávidos de riquezas, de honores, de poder, similares a los hijos de este siglo. Son una epístola, en la cual nadie puede leer una sola palabra de Cristo[4]. La mayor parte de lo que lleva el nombre de cristiano es infiel o constituye el asiento del enemigo, y los verdaderos cristianos están perdidos en medio de la multitud. ¿Dónde encontrarán “un solo pan”, el emblema del “un cuerpo”? ¿Dónde está el poder del Espíritu que une a los cristianos en un solo cuerpo? ¿Quién puede negar que los cristianos hayan sido así? ¿Y no son culpables de no ser lo que una vez fueron? ¿Podemos considerar bueno que se esté en un estado muy diferente del que estaba la Iglesia al principio, y que la Palabra reclama de nosotros? Deberíamos estar profundamente afligidos de un estado tal como el de la Iglesia en el mundo, porque no responde de ningún modo al corazón y al amor de Cristo. Los hombres se limitan a tener asegurada su vida eterna.

El apóstol nos dice aún, que después de su partida entrarían en la Iglesia lobos rapaces que no perdonarían al rebaño (Hechos 20:29), y que en los últimos días vendrían tiempos peligrosos, hombres con apariencia de piedad, pero que negarían su poder; malos hombres e impostores que irían de mal en peor, engañando y siendo engañados (2 Timoteo 3:5, 13), y que finalmente tendría lugar la apostasía. ¿Todo eso constituye la perseverancia en la gracia de Dios? Esta infidelidad ¿es algo desconocido en la historia del hombre? Dios siempre comenzó por colocar a sus criaturas en una buena posición, pero la criatura abandonó invariablemente la posición en la cual Dios la había puesto, y se volvió infiel en ella. Dios, después de larga paciencia, nunca restablece a la posición de la cual se cayó. No corresponde a sus caminos restaurar una cosa que se echó a perder; sino que Él directamente la corta, para introducir luego algo totalmente nuevo, mucho mejor que lo que había sido antes. Adán cayó, y Dios quiere que el segundo Adán sea el Señor del cielo. Dios dio la ley a Israel, pero éste hizo el becerro de oro antes de que Moisés bajase de la montaña; y Dios quiere escribir la ley en el corazón de su pueblo. Dios estableció el sacerdocio de Aarón, pero sus hijos ofrecen inmediatamente “fuego extraño”; y, a partir de entonces, Aarón no pudo entrar más en el lugar santísimo con sus vestiduras de “gloria y hermosura”. Dios hizo sentar al hijo de David en el trono de Jehová (1 Crónicas 29:23), pero dado que la idolatría fue introducida por él, el reino fue dividido, y el trono del mundo fue otorgado por Dios a Nabucodonosor, quien hizo una gran estatua de oro y lanzó a los fieles a la hoguera ardiente. En cada ocasión el hombre fracasó; y Dios, después de haberlo soportado mucho tiempo, interviene en juicio, y sustituye el sistema anterior por uno mejor.

Es interesante observar cómo todas las cosas en las que el hombre fracasó, se restablecen de una manera más excelente en el segundo Hombre. El hombre será exaltado en Cristo, la ley escrita en el corazón de los judíos, el sacerdocio ejercido por Jesucristo. Él es el hijo de David que reinará sobre la casa de Israel; regirá las naciones. Lo mismo ocurre en lo que se refiere a la Iglesia; ella fue infiel, no mantuvo la gloria de Dios que le había sido confiada; a causa de eso, como sistema, será cortada de la tierra; el orden de cosas establecido por Dios finalizará por el juicio; los fieles subirán al cielo en una condición mucho mejor, para ser conformados a la imagen del Hijo de Dios, y se establecerá el reino del Señor en la tierra. Todas estas cosas serán un admirable testimonio de la fidelidad de Dios, quien cumplirá todos sus propósitos a pesar de la infidelidad del hombre. Pero ¿anula esto la responsabilidad del hombre? ¿Cómo Dios, pues, como dice el apóstol, juzgaría al mundo? Nuestros corazones ¿no sienten que arrastramos la gloria de Dios al polvo? El mal comenzó a partir del tiempo de los apóstoles; cada uno agregó a éste su parte; la iniquidad de los siglos se amontona sobre nosotros; pronto la casa de Dios será juzgada; se volvió a demandar la sangre de todos los justos a la nación judía, y Babilonia también será hallada culpable de la sangre de todos los santos.

Es cierto que serán arrebatados al cielo; pero, junto con eso, ¿no deberíamos afligirnos por la ruina de la casa de Dios? Sí, sin duda. Ella era una; un testimonio magnífico a la gloria de su Cabeza por el poder del Espíritu Santo; unida, celestial, la cual daba a conocer al mundo el efecto del poder del Espíritu Santo, que ponía al hombre sobre todo motivo humano, y hacía desaparecer las distinciones y las diversidades, llevando creyentes de todas las regiones y de todas las clases para ser una sola familia, un solo cuerpo, una sola Iglesia: testimonio poderoso de la presencia de Dios en la tierra en medio de los hombres.

A fin de demostrar que la responsabilidad continúa del principio al fin, leamos en la epístola de Judas: “Algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación” (Judas 4). Éstos ya se habían infiltrado entre ellos y “de éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos” (Judas 14). Así pues, los que en el tiempo de Judas se habían infiltrado solapadamente, atraían el juicio sobre los profesantes profanos del cristianismo. En esta epístola tenemos los tres caracteres de la iniquidad y sus progresos. En Caín está la iniquidad puramente humana; en Balaam, la iniquidad eclesiástica; en Coré, la rebelión, y entonces perecen. En el campo donde el Señor había sembrado la buena semilla, el enemigo, mientras los hombres dormían, sembró la cizaña. Es muy cierto que la buena semilla se recoge en el granero; sin embargo, la negligencia de los siervos dejó al enemigo la ocasión de estropear la obra del amo. ¿Podemos ser indiferentes al estado de la Iglesia, amada por el Señor; indiferentes a las divisiones que el Señor ha prohibido?[5]. No; humillémonos, queridos hermanos, confesemos nuestras faltas y pongamos fin al asunto. Marchemos fielmente cada uno como corresponde, y esforcémonos en encontrar una vez más la unidad de la Iglesia y el testimonio de Dios. Purifiquémonos de todo mal y de toda iniquidad. Si es posible reunirnos en el nombre del Señor, será una gran bendición; pero es esencial que eso se haga en la unidad de la Iglesia de Dios y en la verdadera libertad del Espíritu.

Si la casa de Dios está aún en la tierra y el Espíritu Santo la habita, ¿no estará contristado por el estado de la Iglesia? Y si él mora en nosotros, ¿no deberían estar afligidos y humillados nuestros corazones por la deshonra que se le causa a Cristo, y por la destrucción del testimonio que el Espíritu Santo descendido del cielo vino a rendir en la unidad de la Iglesia de Dios? Quien compare el estado de la Iglesia, tal como nos es descrita en el Nuevo Testamento, con su estado actual, tendrá el corazón profundamente entristecido al ver la gloria de la Iglesia arrastrada en el polvo y al Enemigo que triunfa en medio de la confusión del pueblo de Dios. Dios ha confiado su gloria al hombre, el cual es responsable de permanecer en esta posición y de ser fiel, sin abandonar su primer estado; por consecuencia, Dios establecerá su propia gloria, conforme a sus propósitos. Pero, sobre todo, el hombre es responsable allí donde Dios lo ha puesto. Hemos sido puestos en la Iglesia de Dios, en su casa sobre la tierra, allí donde su gloria habita. Esta Iglesia, ¿dónde está?

J. N. D. (1866)

NOTAS

[1] Se observará que no hay llaves para la Iglesia. No se construye con llaves, las llaves son para el reino.

[2] Ésta es una prueba indiscutible de que el papa no puede ser la cabeza de la Iglesia, porque si Cristo es la Cabeza, un cuerpo no puede tener dos cabezas.

[3] Es necesario observar que el apóstol habla solamente de los profetas del Nuevo Testamento.

[4] No se dice que debamos ser una epístola de Cristo, sino, vosotros “sois carta (epístola) de Cristo”.

[5] En la primera Epístola a Timoteo tenemos el orden de la Iglesia, de la casa de Dios; en la Segunda, la regla a seguir cuando la Iglesia está en desorden. Nuestro Dios ha provisto para todas las dificultades, para que podamos ser fieles y libres de toda iniquidad.

El auge del turismo místico y religioso

El Vaticano, Tierra Santa, El Camino de Santiago, Lourdes, …; todos destinos turísticos que tienen en común como motivación principal la fe y el fervor religioso; destinos que, en tiempos de crisis, parece que no han mermado en sus cifras, sino que, al contrario, en los últimos años han visto aumentar sus adeptos y, en consecuencia, las ofertas por parte de las agencias de viajes.

Se calcula que sólo en Europa más de 15 millones de personas se apuntan a viajes que, en mayor o menor medida, tienen un componente religioso, razón por la cual han proliferado agencias de viajes y operadores especializados en este sector cada vez más importante en el turismo. Tal vez sea por la necesidad que tiene la gente de trascender a la vida cotidiana, de buscar algo que llene sus vidas más allá del trabajo diario y la, muchas veces, intrascendencia de lo cotidiano; pero lo cierto es que las cifras están ahí y cada año hay más gente que coge sus maletas hacia destinos religiosos, hacia destinos místicos.

En esta categoría podemos incluir también todos aquellos viajes que, en sentido estricto, no se encuadrarían en una finalidad religiosa, pero que sí, en cambio, tienen algo de místico, de atracción por lo misterioso de otras culturas o civilizaciones, ya sean vivas, ya sean extintas. “Machu Picchu”, Cuzco, Egipto, Tailandia, “Chichén Itzá”, el Tíbet, India, …; son también opciones turísticas que responden, en esencia, al impulso de quienes eligen destinos turísticos envueltos en magia y misticismo, destinos turísticos con los que se busca trascender lo físico hacia lo espiritual, en una especie de huida de la pesada carga que supone lo cotidiano, del hastío del día a día y su agobiante trasiego.

Aunque, en realidad, todo viaje supone una especie de búsqueda de nosotros mismos, una escapada del mundanal ruido que nos permita, durante unos días, eschuchar a nuestro Yo interior en aquellos lugares que siempre hemos soñado visitar y que nos trasladan a esos mundos que nuestra imaginación ha ido construyendo durante toda una vida, mundos de evasión que, quizás, nos permiten vivir por un instante una vida ideal e idealizada lejos de la real y material que nos ha tocado en suerte y que, sin duda, siempre nos resultará más insoportable que la que nuestra imaginación ha ido construyendo; lo cierto es que este tipo de viajes que ahora nos ocupan subliman esas sensaciones que buscamos en todo viaje, ofreciendo al viajero la posibilidad de evadirse a mundos místicos, a mundos pasados que, sublimados en nuestra imaginación, nos transportan hacia sensaciones difícilmente explicables y que cobran vida en lo espiritual, en aquellos rincones más profundos de nuestros sentimientos, sentimientos que fluyen a borbotones cuando recorremos esos lugares mágicos, místicos que nos atrapan para siempre en un torbellino de espiritualidad que a más de uno ha llevado a replantearse el sentido de su vida.

Ya sea la fe, el misticismo o la necesidad de trascender de lo físico a lo espiritual, lo cierto es que este tipo de viajes se caracterizan por atraer a un perfil muy concreto de viajeros, viajeros que buscan mucho más que pasar unos días de vacaciones y desconectar de la rutina diaria. Estos viajeros buscan un conjunto de sensaciones que ni los “resorts” ni los grandes complejos turísticos pueden ofrecer; buscan experiencias que no se encuentran ni en los grandes complejos hoteleros, ni en las playas azul turquesa del Caribe, sino entre las piedras milenarias que atesoran las bases de civilizaciones como la nuestra, ya sea en Jerusalén, ya sea en El Vaticano, ya sea en la “isla de los templos” (Bali), ya sea en todas y cada una de las encrucijadas del Camino de Santiago. Templos, lugares sagrados, rutas místicas, peregrinaciones a mil y un lugares llenos de Historia, de misterio, de magia y encanto que nos trasladan a tiempos pretéritos que, por uno u otro motivo, nos atraen hacia ellos y lo que simbolizan.

Desde la más sencilla procesión de Semana Santa en Granada, pasando por el mestizaje de la Semana Santa en Ayacucho, y llegando al misticismo del Himalaya, son propuestas que atrapan a los viajeros enamorados de este tipo de viajes, para los que existen infinidad de ofertas de viajes que tienen por objeto satisfacer las exigencias de unos viajeros diferentes, quizás más propios de aquellos grandes viajes decimonónicos en los que el viaje se disfrutaba antes de partir, en el mismo momento en que comenzaba a planearse, dejando volar la imaginación pródiga en experiencias espirituales, viajes en los que lo de menos era llegar, siendo lo más importante atesorar cada minuto, cada segundo de la experiencia de viajar.

Evidentemente, todo viaje tiene sus motivaciones más íntimas, despertando en el viajero sensaciones indescriptibles y únicas, pero quizás sean los viajes místicos y religiosos los que tienen unas motivaciones más profundas, despertando en el viajero sensaciones que más difícilmente se puedan explicar, ya sea desde la fe o desde cualquier otra motivación alejada del fervor religioso, motivaciones que, en todo caso, tienen como denominador común la creencia en algo superior que carece de explicación pero que, seguro, se encuentra flotando en el ambiente místico y mágico que envuelve a lugares como los descritos.

Incas, Mayas, Aztecas, el Antiguo Egipto, Tierra Santa, Samarcanda, …; civilizaciones, culturas y lugares que concitan el interés de quienes buscan algo más en un viaje, de quienes buscan una experiencia trascendente y diferente, más allá de un simple viaje de placer. Civilizaciones, culturas y lugares que fueron pero que renacen cada vez que son rememorados por los viajeros que buscan impregnarse de sus esencias pasadas, perdidas, pero que perviven en el espíritu de viajeros que no se conforman con la monotonía impersonal de un tiempo del que, al menos, una vez en la vida hay que escapar para reencontrarse con uno mismo en un viaje único, inolvidable.

La mente en la Naturaleza

Los filósofos pre-cristianos y medievales, pueden haber dejado unas pocas señales en las inexploradas minas, pero el descubrimiento de todo el oro y joyas preciosas, sólo se debe a la paciente labor del Sabio moderno. ¡Y aun más, ellos declaran que el genuino y real conocimiento de la Naturaleza, del Kosmos y del hombre, es todo de reciente descubrimiento. El actual y exuberante árbol del conocimiento, creció de las raíces muertas de la cizaña de la antigua superstición!

Las incomprobables concepciones de un pasado primitivo

Los estudiantes de teosofía dicen que no es justo sólo hablar en detrimento de “las incomprobables concepciones de un pasado primitivo”, como Mr.Tyndall y otros han hecho, y al mismo tiempo, esconder la base de la fuente intelectual sobre la cual la reputación de muchos modernos filósofos y científicos ha sido edificada. ¿Cuántos de nuestros distinguidos científicos no han obtenido honor y crédito por simplemente revestir las ideas de esos antiguos filósofos, a quienes ellos están siempre preparados para menospreciar? Hay que dejar a la imparcialidad de la posteridad la última palabra al respecto. Pero la arrogancia y opinión interesada, ha tomado posesión como dos odiosos cánceres en los cerebros de los hombres de mediana sabiduría, y éste es el caso especial de los Orientólogos-Sanskritólogos, Egiptólogos y Asiriólogos.

Los primeros guiados (o tal vez pretendidamente guiados) por pasados eruditos en el Mahâbhârata y los segundos por interpretación arbitraria de papiros, conjuntamente con lo que éste u otro escritor Griego dijo o no dijo , o por las inscripciones cuneiformes, destruidas a medias, en cerámicas hechas por los Asirios de los escritos del “Accado” Babilonico. Muchos de ellos son muy dados a olvidar, en la más conveniente oportunidad, de que los numerosos cambios en el lenguaje, la fraseología alegórica y la evidente secretividad de los escritores místicos, quienes estaban generalmente bajo la obligación de nunca divulgar los solemnes secretos del santuario, pudiesen tristemente haber confundido a ambos, los transcriptores, y sabios antiguos.

La mayoría de nuestros Orientólogos, prefieren permitir que su vanidad conjuntamente con su lógica y poder de razonamiento decidan, antes de admitir su ignorancia, y orgullosamente reclaman, como el Profesor Sayce

“que ellos han descubierto el verdadero significado de los viejos símbolos religiosos y que pueden interpretar los textos esotéricos mucho más correctamente que lo que pudieron los iniciados hierofantes de Caldea y Egipto”.

Esto quiere decir que los antiguos hierogramatistas y sacerdotes, quienes fueron los inventores de todas las alegorías que sirvieron de velo a las muchas verdades enseñadas a las Iniciaciones, no poseían la clave de los textos sagrados, compuestos o escritos por ellos mismos.

Todo esto es comparable con otras ilusas pretensiones de algunos sanskritólogos, quienes a pesar de nunca haber estado en la India, reclaman conocer el acento sánscrito y su pronunciación, como también el significado de las alegorías védicas, mucho más, que los más sabios entre los grandes pandits y expertos en Sánscrito de la India.

Después de todo esto quién no se asombraría de que los dialectos y códigos de nuestros alquimistas y Kabalistas medievales, sean también leídos literalmente por el estudiante moderno y que el Griego y aun las ideas de Aechilles, sean “corregidas” y mejoradas por los sabios Griegos de Cambrigde y Oxford, y que las parábolas vedadas de Platón, sean atribuidas a su “ignorancia”.

Si los estudiantes de las lenguas muertas en verdad supieran, debieran saber que el método estricto a la Ley de Causa y Efecto fue aplicado en la antigüedad así como también se hace hoy la moderna filosofía; es por eso que desde la primera aparición del hombre, la verdad fundamental de todo lo que se nos permite saber en la tierra estaba en las manos seguras de los Adeptos del Santuario; que la diferencia de credos y religiones practicadas era solamente externa; y que esos guardianes de la primitiva divina revelación, han sido quienes han resuelto cada problema que es posible de entender por el intelecto humano, y que estaban unidos por la universal hermandad de la ciencia y la filosofía, la cual formó una cadena ininterrumpible alrededor del globo.

En búsqueda del final del camino

Es para la Filología y los Orientólogos tratar de encontrar el final de la madeja. Pero si persisten en buscar en una sola dirección y en la dirección equivocada, la verdad y los hechos, jamás se descubrirán. Es por lo tanto un deber de la psicología y la Teosofía ayudar al mundo a descubrir esas verdades.

Estudien las religiones Orientales a la luz de la filosofía oriental -no occidental- y si llegasen a colocar un simple engarce del sistema de las viejas religiones, la cadena de misterios puede muy bien desenredarse. Pero para alcanzar este objetivo no se debe estar de acuerdo con aquellos que enseñan que es antifilosófico investigar en las primeras causas, y que todo lo que podemos hacer es considerar los fenómenos físicos. El campo de la investigación científica esta lleno de fenómenos por todos los lados, pero una vez el limite de la materia es alcanzado, la investigación debe detenerse y recomenzarse de nuevo.

Como el Teósofo no quiere jugar a ser la ardilla que mueve la rueda, debe rehusarse a seguir las indicaciones de los materialistas. Él, más que nadie, sabe que las evoluciones del mundo físico, de acuerdo con la antigua doctrina, es seguida por la misma evolución en el mundo del intelecto, ya que la evolución espiritual en el universo se manifiesta en ciclos, exactamente como la física. ¿No vemos en la historia una alternación regular de ascenso y descenso en la marea del progreso humano? ¿No vemos en la historia universal y aun hallamos esto mismo en nuestras propias experiencias, de que los grandes imperios del mundo, después de alcanzar la culminación de su grandeza, descienden otra vez, de acuerdo con la misma ley por la cual ascendieron?

Más aun, habiendo descendido a su punto mas bajo, la humanidad se surge de sus propios deshechos y asciende una vez más, hasta la altura de su misma esencia, de acuerdo a la ley de progresivo ascenso por ciclos, de alguna manera más alta, que el punto del cual descendiera una vez. Reinos e imperios están debajo de esta misma ley cíclica, como también las plantas, razas y todo lo que existe en el Kosmos.

Las edades de Oro, Plata, Bronce y Hierro

Vemos lo mismo en toda clase de literaturas. Una edad de inspiraciones e inconsciente productividad, es invariablemente seguida por una edad de críticas y conciencia. Una le da a la otra el material de análisis y críticas al intelecto del otro. “El momento es más que oportuno, para que se revisen las viejas filosofías. Arqueólogos, filósofos, astrónomos, químicos y físicos están acercando el punto donde tendrán que considerarlas. La ciencia física esta alcanzando el limite del campo de su exploración: la teología dogmática ve la fuente de su inspiración secarse.

El día esta llegando cuando el mundo recibirá la prueba de que solo las antiguas religiones estaban en armonía con la naturaleza, y la ciencia antigua alcanzaba todo lo que es posible conocer. “Una vez más la profecía hecha en “Isis sin Velos” veintidós años atrás es reiterada. “Secretos largamente mantenidos serán revelados; libros por mucho tiempo olvidados y arte por mucho tiempo perdido, serán traídos a la luz de nuevo; papiros y pergaminos de inestimable importancia aparecerán en las manos de hombres, quienes pretenderán haberlos desenrollados de momias, o tropezarse con ellos en criptas enterradas; cerámicas y columnas, cuyas revelaciones esculpidas asombraran a los teólogos y confundirán a los científicos, están por descubrirse e interpretarse. ¿Quién conoce de las posibilidades del futuro?

Una era de desencantamiento y reconstrucción pronto llegará — No- ya ha comenzado. El ciclo ha casi recorrido su curso; uno nuevo esta a punto de comenzar, y las futuras páginas de la historia contendrán toda la evidencia, y darán las pruebas reales de todo lo dicho. “Desde el día que esto fue escrito mucho ya ha acontecido, el descubrimiento de las cerámicas Asirias y sus cronologías, por si solo, han forzado a los interpretes de las inscripciones cuneiformes- ambos cristianos y libres pensadores- a alterar la mismísima edad atribuida al planeta.

La cronología de los Purânas hindúes, reproducida en “la Doctrina Secreta”, es ahora menospreciada, pero llegara el tiempo cuando será universalmente aceptada. Esto puede ser tomado como una simple presunción, pero solo será en el presente. Es en verdad cuestión de tiempo. Todo el resultado del enfrentamiento entre los defensores de la antigua sabiduría y sus detractores-laicos y religiosos- descansa: a) en la incorrecta comprensión de la vieja filosofía, por la carencia de las claves que los Asiriólogos afirman haber descubierto y: b) en las materialistas y antropomórficas tendencias de la era.

Esto en ninguna manera trata de impedir que Darwinistas y filósofos materialistas de desentierren las minas intelectuales de los antiguos y se apoderen de las riquezas de ideas que estas poseen. Ni a los teólogos, de descubrir dogmas cristianos en la filosofía de Platón y llamarlas “presentimientos” como en el Libro del Dr. Lundy titulado Cristianeidad Monumental y otros tipos de trabajos contemporáneos. De tales “presentimientos” toda la literatura- o lo que queda de esa literatura sacerdotal- de la India, Egipto, Caldea, Persia, Grecia y aun Guatemala (Popul Vuh), esta llena.

Lo que por sí se establece como una eterna y continua evidencia y prueba de la existencia de ese Unico Principio, es la presencia de un innegable diseño en el mecanismo cósmico, nacimiento, crecimiento, muerte y transformación de todo lo que existe en el universo, desde la silenciosa e inalcanzable estrella, hasta el más insignificante liquen; desde el hombre hasta las invisibles vidas, ahora llamadas microbios.

Es por tanto de una aceptación universal la “Mente Divina”, el Ánima Mundi de toda la antigüedad. Esta idea de Mahat (el grande) Akâshâ o el Aura de Brahma de transformación, de los Hindúes, del Alaya; “El Divino Ser de Misericordia y Compasión” de los místicos trans-himalayicos; “la eterna razón de la Divinidad”, de Platón, es la más antigua de las doctrinas hasta ahora conocida y creída por el hombre.

Por lo tanto no se puede decir que se originó con Platón o con Pitagoras ni con ninguno de los demás filósofos dentro del periodo histórico. Los oráculos de Caldea dicen:

“El trabajo de la naturaleza co-existe con la intelecta luz espiritual del Padre. Porque es el Alma [Greek: yuce] la que embellece el gran Cielo y la que lo adorna después del Padre”.

Pitágoras trajo sus doctrinas de los santuarios orientales y Platón las compilo dentro de una forma más inteligible, que los numerales misteriosos del Sabio–cuyas doctrinas él había totalmente abrazado- de manera que el Cosmo es “El Hijo” según Platón, teniendo como padre y madre a la Divina Mente y la Materia. La primera idea “nacida de la oscuridad antes de la creación del mundo” yace dentro de la mente no manifestada; la segunda es la Idea que emana como una reflexión de la Mente (ahora el Logos manifestado), revistiéndose de materia, y asumiendo una existencia objetiva.

Para terminar quiero dedicar un párrafo a unas páginas web donde tienen muchos descuentos y promociones de las que os podéis aprovechar. En todas ellas, podéis conseguir libros, música y un sinfín de artículos cristianos que os acercarán más todavía a nuestro Dios.

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