Author: Maribel (page 1 of 2)

La religión como parte principal de la cultura

No hace falta decir, que el Islam es la religión principal en Qatar.  aprender algo sobre el Islam y el respeto de sus tradiciones y prácticas es importante para todas las personas que, como yo, estén interesadas en la cultura en Qatar.

Características

Tened en cuenta, que los seguidores de la fe islámica son los musulmanes. Para ellos, Islam no es sólo una religión, sino una forma de vida que rige y guía su camino a través de este mundo y el siguiente. Es una parte integral y generalizada de todos los aspectos de la vida. El culto público, aquí, es visto como más importante que casi cualquier otra cosa. Libros religiosos y escritos se encuentran en todas partes. La frase ‘En el nombre de Dios, el compasivo, el Misericordioso’ se encuentra en la parte superior de la mayoría de la correspondencia.

Islam significa ‘sumisión activa a la voluntad de Dios’. La religión enseña que Dios controla absolutamente todo. Escucharás ‘La ilaha illa Allah, Mohammadun rasulu Allah’ (‘no hay Dios sino Dios, y Mahoma es su Profeta). Mahoma nació en Meca en alrededor de 571AD y comenzó a recibir revelaciones en la edad de 40. Tres años más tarde, comenzó a predicar, para desafiar a las religiones paganas locales. Como resultado, Mohammed y sus seguidores – musulmanes – tuvieron que huir a la ciudad de Medina de 622AD. Este éxodo es considerado como el comienzo de la era musulmana y es año cero. El comienzo del calendario islámico. De la misma manera la fecha de nacimiento de Cristo es el comienzo del calendario cristiano.

El Sagrado Corán (Qu’ran) es la palabra de Dios según lo revelado por el ángel Gabriel al profeta Mohammed en la Meca. El principal punto de desacuerdo con el cristianismo es, que mientras los musulmanes perciben y veneran a Jesús como un Profeta (segundo en estatura a Mahoma), disputan su divinidad. En las palabras del Corán, ‘ni era nacido de Dios, ni lo dan a luz’. El musulmán cree que todas las personas nacen al Islam pero se desvían a otras religiones, generalmente por sus padres.

Hay 5 pilares del Islam: fe, rezo, caridad, ayuno y peregrinación.

Sobre la formación de las iglesias

 

Las circunstancias actuales han llevado a muchos cristianos a considerar si los creyentes son verdaderamente competentes para formar iglesias, según el modelo de las iglesias primitivas, y si la formación de tales cuerpos está actualmente en armonía con la voluntad de Dios.

Uno no puede sino reconocer la confusión que existe en la cristiandad, y algunos estiman que la única manera de hallar la bendición en medio de toda esta ruina es formando y organizando iglesias. Otros consideran que un intento de esa naturaleza es un mero producto del esfuerzo humano, y que, como tal, carece de la primera condición de una bendición duradera, la cual sólo puede hallarse en una entera dependencia de Dios; aunque desde luego reconocemos que la sinceridad y la verdadera piedad de muchos que han tomado parte en esta acción, puede hasta cierto punto tener la bendición de Dios.

El que escribe estas páginas, unido por los lazos más fuertes de afecto fraternal y amor en Cristo a muchos de los que pertenecen a cuerpos que asumen el título de Iglesia de Dios, ha evitado cuidadosamente todo conflicto con sus hermanos sobre este tema, aunque a menudo ha dialogado con ellos acerca de estas cuestiones. No ha hecho más que separarse de las cosas que se hallaban en ese cuerpo, cuando ellas le parecían contrarias a la Palabra de Dios, procurando solícitamente, no obstante, guardar “la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, y teniendo en cuenta aquellas palabras: “Si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca” (Jeremías 15:19), instrucción de infinito valor en medio de la confusión actual. Pero su afecto no ha disminuido, ni se han roto ni debilitado sus vínculos.

Dos consideraciones impelen al escritor de manera especial a declarar lo que para él es el pensamiento de las Escrituras sobre este tema: un deber hacia el Señor (y el bien de Su Iglesia es de la mayor consideración), y luego un deber de amor hacia sus hermanos, amor que debe ser dirigido por la fidelidad al Señor. Escribe estas páginas debido a que la idea de hacer iglesias constituye el verdadero obstáculo para el cumplimiento de lo que todos desean, a saber, la unión de los santos en un solo cuerpo: primero, porque en aquellos que lo han intentado, al sobrepasar el poder que el Espíritu les había dado, ha obrado la carne; y, en segundo lugar, porque aquellos que estaban fatigados del mal de los sistemas nacionales, al verse en la necesidad de escoger entre ese mal y lo que satisfacía el punto de vista de ellos como congregaciones disidentes, se quedan a menudo donde se encuentran, sin esperanzas de hallar algo mejor.

En las condiciones actuales sería una extravagancia afirmar que estas iglesias puedan realizar la deseada unión, pero no voy a insistir en ello para no entristecer a algunos de mis lectores. Mi intención es más bien poner en primer término los puntos en los que estamos de acuerdo, puntos que a la vez nos ayudarán a formarnos un juicio claro y cierto sobre muchos sistemas actualmente existentes, sistemas que, si bien son incapaces de producir el bien deseado por un gran número de hermanos, dejan a sus partidarios, como único consuelo y excusa, el pensamiento de que los demás no pueden hacer más que ellos para alcanzar la meta propuesta.

El propósito de Dios en cuanto a la reunión de los creyentes en la tierra

Es el deseo de nuestros corazones y, según creemos, la voluntad de Dios en esta dispensación[2], que todos los hijos de Dios estén reunidos como tales, y, por consiguiente, fuera de este mundo. El Señor se dio a sí mismo “no solamente por la nación (los judíos), sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Esta reunión de todos en uno era, pues, el motivo inmediato de la muerte de Cristo. La salvación de los elegidos era tan cierta antes de Su venida —aunque se cumplió por medio de ella— como más tarde. La dispensación judía, que precedió a Su venida a este mundo, tenía por objeto, no reunir a la Iglesia sobre la tierra, sino mostrar el gobierno de Dios por medio de una nación elegida. En la actual dispensación, el propósito del Señor es reunir así como salvar, no solamente realizar la unidad en los cielos, donde los propósitos de Dios se cumplirán ciertamente, sino aquí en la tierra, por “un solo Espíritu” enviado del cielo. “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13). Ésta es la innegable verdad respecto a la Iglesia, tal como la Palabra nos la presenta. Muchos pueden tratar de demostrar que hipócritas y malvados se han infiltrado en la Iglesia; pero no se puede escapar a la conclusión de que había una Iglesia en la cual se deslizaron. La unión de todos los hijos de Dios en un solo cuerpo es evidentemente según el pensamiento de Dios en la Palabra.

La posición de los sistemas nacionales en cuanto a la reunión de los creyentes

En cuanto a los llamados sistemas nacionales, es imposible hallar rastros de su existencia anteriormente al período de la Reforma. Ni su misma noción parece haber existido antes de este período. Lo único que podemos encontrar que sea mínimamente análogo —los privilegios de la Iglesia galicana y la práctica de votar por naciones en algunos concilios generales— son cosas tan ampliamente diferentes que no demandan discusión alguna.

El nacionalismo, es decir, la división de la Iglesia en cuerpos formados de tal o cual nación, es una novedad que data de cuatro siglos[3], aunque en estos sistemas se encuentran muchos queridos hijos de Dios. La Reforma no tocó directamente la cuestión del verdadero carácter de la Iglesia de Dios. No hizo nada para restaurarla a su estado primitivo. Hizo algo que es mucho más importante: expuso la verdad de Dios tocante a la gran doctrina de la salvación de las almas, con mucha más claridad y con un efecto mucho más poderoso que el moderno avivamiento. Pero no restableció la Iglesia en sus facultades primitivas: al contrario, la sujetó en general al Estado para librarla del Papa, porque consideraba peligrosa la autoridad papal y consideraba como cristianos a todos los sujetos de un país.

Para escapar de esta anomalía, creyentes fieles trataron de hallar refugio en una distinción entre una iglesia visible y una iglesia invisible. Pero leamos la Escritura: “Vosotros sois la luz del mundo.” ¿Qué valor tiene una luz invisible? “Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14). Decir que la verdadera Iglesia ha sido reducida a la condición de invisible es decidir toda la cuestión, y afirmar que la Iglesia ha perdido enteramente su posición original[4] y carácter esencial, y que está en un estado de apostasía, es decir, que se ha apartado del propósito de Dios y de la constitución que ella había recibido de Él; pues Dios no encendió una lámpara para ponerla debajo de un almud, sino para ponerla sobre el candelero para alumbrar a todos los que están en la casa (Mateo 5:15). Si se volvió invisible, dejó de responder al propósito para el cual fue constituida (véase Juan 17:21), es apóstata. Tal es, según su propio testimonio, el estado público del cristianismo.
La posición de la disidencia en cuanto a la reunión de los creyentes

Estamos, pues, de acuerdo en el hecho de que la reunión de todos los hijos de Dios en uno es según el propósito del Señor expresado en su Palabra.
Pero mi pregunta, antes de seguir, es ésta: ¿Puede uno creer que las iglesias disidentes, tal como existen en éste y en otros países, hayan alcanzado este objetivo, o que sea probable que lo alcancen?

Esta verdad de la reunión en uno de los hijos de Dios, la Escritura la presenta llevada a cabo en diferentes localidades; y en cada localidad, los cristianos allí residentes constituían un solo cuerpo. Las Escrituras son perfectamente claras a este respecto. Desde luego, se ha planteado la objeción de que una unión así es imposible, pero sin presentar pruebas extraídas de la Palabra de Dios que apoyen tal postura. Se dice: «¿Cómo podría ser esto posible en Londres o en París?» Pues bien, ello era posible en Jerusalén, y allí había más de cinco mil creyentes. Y si bien se reunían en casas y aposentos particulares, no por eso dejaban de ser un solo cuerpo, dirigido por un solo Espíritu, por una sola regla de gobierno, en una sola comunión, y reconocidos como tales. Por tal razón, tanto en Corinto como en otros lugares, una epístola dirigida a la Iglesia de Dios habría encontrado su destino en un cuerpo conocido. E iré más allá, y añadiré que es claramente nuestro deber desear pastores y maestros que asuman el cuidado de tales congregaciones, y que Dios ciertamente los suscitó en la Iglesia tal como la vemos en la Palabra.

 

 

El auge del turismo místico y religioso

El Vaticano, Tierra Santa, El Camino de Santiago, Lourdes, …; todos destinos turísticos que tienen en común como motivación principal la fe y el fervor religioso; destinos que, en tiempos de crisis, parece que no han mermado en sus cifras, sino que, al contrario, en los últimos años han visto aumentar sus adeptos y, en consecuencia, las ofertas por parte de las agencias de viajes.

Se calcula que sólo en Europa más de 15 millones de personas se apuntan a viajes que, en mayor o menor medida, tienen un componente religioso, razón por la cual han proliferado agencias de viajes y operadores especializados en este sector cada vez más importante en el turismo. Tal vez sea por la necesidad que tiene la gente de trascender a la vida cotidiana, de buscar algo que llene sus vidas más allá del trabajo diario y la, muchas veces, intrascendencia de lo cotidiano; pero lo cierto es que las cifras están ahí y cada año hay más gente que coge sus maletas hacia destinos religiosos, hacia destinos místicos.

En esta categoría podemos incluir también todos aquellos viajes que, en sentido estricto, no se encuadrarían en una finalidad religiosa, pero que sí, en cambio, tienen algo de místico, de atracción por lo misterioso de otras culturas o civilizaciones, ya sean vivas, ya sean extintas. “Machu Picchu”, Cuzco, Egipto, Tailandia, “Chichén Itzá”, el Tíbet, India, …; son también opciones turísticas que responden, en esencia, al impulso de quienes eligen destinos turísticos envueltos en magia y misticismo, destinos turísticos con los que se busca trascender lo físico hacia lo espiritual, en una especie de huida de la pesada carga que supone lo cotidiano, del hastío del día a día y su agobiante trasiego.

Aunque, en realidad, todo viaje supone una especie de búsqueda de nosotros mismos, una escapada del mundanal ruido que nos permita, durante unos días, eschuchar a nuestro Yo interior en aquellos lugares que siempre hemos soñado visitar y que nos trasladan a esos mundos que nuestra imaginación ha ido construyendo durante toda una vida, mundos de evasión que, quizás, nos permiten vivir por un instante una vida ideal e idealizada lejos de la real y material que nos ha tocado en suerte y que, sin duda, siempre nos resultará más insoportable que la que nuestra imaginación ha ido construyendo; lo cierto es que este tipo de viajes que ahora nos ocupan subliman esas sensaciones que buscamos en todo viaje, ofreciendo al viajero la posibilidad de evadirse a mundos místicos, a mundos pasados que, sublimados en nuestra imaginación, nos transportan hacia sensaciones difícilmente explicables y que cobran vida en lo espiritual, en aquellos rincones más profundos de nuestros sentimientos, sentimientos que fluyen a borbotones cuando recorremos esos lugares mágicos, místicos que nos atrapan para siempre en un torbellino de espiritualidad que a más de uno ha llevado a replantearse el sentido de su vida.

Ya sea la fe, el misticismo o la necesidad de trascender de lo físico a lo espiritual, lo cierto es que este tipo de viajes se caracterizan por atraer a un perfil muy concreto de viajeros, viajeros que buscan mucho más que pasar unos días de vacaciones y desconectar de la rutina diaria. Estos viajeros buscan un conjunto de sensaciones que ni los “resorts” ni los grandes complejos turísticos pueden ofrecer; buscan experiencias que no se encuentran ni en los grandes complejos hoteleros, ni en las playas azul turquesa del Caribe, sino entre las piedras milenarias que atesoran las bases de civilizaciones como la nuestra, ya sea en Jerusalén, ya sea en El Vaticano, ya sea en la “isla de los templos” (Bali), ya sea en todas y cada una de las encrucijadas del Camino de Santiago. Templos, lugares sagrados, rutas místicas, peregrinaciones a mil y un lugares llenos de Historia, de misterio, de magia y encanto que nos trasladan a tiempos pretéritos que, por uno u otro motivo, nos atraen hacia ellos y lo que simbolizan.

Desde la más sencilla procesión de Semana Santa en Granada, pasando por el mestizaje de la Semana Santa en Ayacucho, y llegando al misticismo del Himalaya, son propuestas que atrapan a los viajeros enamorados de este tipo de viajes, para los que existen infinidad de ofertas de viajes que tienen por objeto satisfacer las exigencias de unos viajeros diferentes, quizás más propios de aquellos grandes viajes decimonónicos en los que el viaje se disfrutaba antes de partir, en el mismo momento en que comenzaba a planearse, dejando volar la imaginación pródiga en experiencias espirituales, viajes en los que lo de menos era llegar, siendo lo más importante atesorar cada minuto, cada segundo de la experiencia de viajar.

Evidentemente, todo viaje tiene sus motivaciones más íntimas, despertando en el viajero sensaciones indescriptibles y únicas, pero quizás sean los viajes místicos y religiosos los que tienen unas motivaciones más profundas, despertando en el viajero sensaciones que más difícilmente se puedan explicar, ya sea desde la fe o desde cualquier otra motivación alejada del fervor religioso, motivaciones que, en todo caso, tienen como denominador común la creencia en algo superior que carece de explicación pero que, seguro, se encuentra flotando en el ambiente místico y mágico que envuelve a lugares como los descritos.

Incas, Mayas, Aztecas, el Antiguo Egipto, Tierra Santa, Samarcanda, …; civilizaciones, culturas y lugares que concitan el interés de quienes buscan algo más en un viaje, de quienes buscan una experiencia trascendente y diferente, más allá de un simple viaje de placer. Civilizaciones, culturas y lugares que fueron pero que renacen cada vez que son rememorados por los viajeros que buscan impregnarse de sus esencias pasadas, perdidas, pero que perviven en el espíritu de viajeros que no se conforman con la monotonía impersonal de un tiempo del que, al menos, una vez en la vida hay que escapar para reencontrarse con uno mismo en un viaje único, inolvidable.

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