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Sobre la formación de las iglesias

Las circunstancias actuales han llevado a muchos cristianos a considerar si los creyentes son verdaderamente competentes para formar iglesias, según el modelo de las iglesias primitivas, y si la formación de tales cuerpos está actualmente en armonía con la voluntad de Dios.

Uno no puede sino reconocer la confusión que existe en la cristiandad, y algunos estiman que la única manera de hallar la bendición en medio de toda esta ruina es formando y organizando iglesias. Otros consideran que un intento de esa naturaleza es un mero producto del esfuerzo humano, y que, como tal, carece de la primera condición de una bendición duradera, la cual sólo puede hallarse en una entera dependencia de Dios; aunque desde luego reconocemos que la sinceridad y la verdadera piedad de muchos que han tomado parte en esta acción, puede hasta cierto punto tener la bendición de Dios.

El que escribe estas páginas, unido por los lazos más fuertes de afecto fraternal y amor en Cristo a muchos de los que pertenecen a cuerpos que asumen el título de Iglesia de Dios, ha evitado cuidadosamente todo conflicto con sus hermanos sobre este tema, aunque a menudo ha dialogado con ellos acerca de estas cuestiones. No ha hecho más que separarse de las cosas que se hallaban en ese cuerpo, cuando ellas le parecían contrarias a la Palabra de Dios, procurando solícitamente, no obstante, guardar “la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, y teniendo en cuenta aquellas palabras: “Si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca” (Jeremías 15:19), instrucción de infinito valor en medio de la confusión actual. Pero su afecto no ha disminuido, ni se han roto ni debilitado sus vínculos.

Dos consideraciones impelen al escritor de manera especial a declarar lo que para él es el pensamiento de las Escrituras sobre este tema: un deber hacia el Señor (y el bien de Su Iglesia es de la mayor consideración), y luego un deber de amor hacia sus hermanos, amor que debe ser dirigido por la fidelidad al Señor. Escribe estas páginas debido a que la idea de hacer iglesias constituye el verdadero obstáculo para el cumplimiento de lo que todos desean, a saber, la unión de los santos en un solo cuerpo: primero, porque en aquellos que lo han intentado, al sobrepasar el poder que el Espíritu les había dado, ha obrado la carne; y, en segundo lugar, porque aquellos que estaban fatigados del mal de los sistemas nacionales, al verse en la necesidad de escoger entre ese mal y lo que satisfacía el punto de vista de ellos como congregaciones disidentes, se quedan a menudo donde se encuentran, sin esperanzas de hallar algo mejor.

En las condiciones actuales sería una extravagancia afirmar que estas iglesias puedan realizar la deseada unión, pero no voy a insistir en ello para no entristecer a algunos de mis lectores. Mi intención es más bien poner en primer término los puntos en los que estamos de acuerdo, puntos que a la vez nos ayudarán a formarnos un juicio claro y cierto sobre muchos sistemas actualmente existentes, sistemas que, si bien son incapaces de producir el bien deseado por un gran número de hermanos, dejan a sus partidarios, como único consuelo y excusa, el pensamiento de que los demás no pueden hacer más que ellos para alcanzar la meta propuesta.

El propósito de Dios en cuanto a la reunión de los creyentes en la tierra

Es el deseo de nuestros corazones y, según creemos, la voluntad de Dios en esta dispensación[2], que todos los hijos de Dios estén reunidos como tales, y, por consiguiente, fuera de este mundo. El Señor se dio a sí mismo “no solamente por la nación (los judíos), sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Esta reunión de todos en uno era, pues, el motivo inmediato de la muerte de Cristo. La salvación de los elegidos era tan cierta antes de Su venida —aunque se cumplió por medio de ella— como más tarde. La dispensación judía, que precedió a Su venida a este mundo, tenía por objeto, no reunir a la Iglesia sobre la tierra, sino mostrar el gobierno de Dios por medio de una nación elegida. En la actual dispensación, el propósito del Señor es reunir así como salvar, no solamente realizar la unidad en los cielos, donde los propósitos de Dios se cumplirán ciertamente, sino aquí en la tierra, por “un solo Espíritu” enviado del cielo. “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13). Ésta es la innegable verdad respecto a la Iglesia, tal como la Palabra nos la presenta. Muchos pueden tratar de demostrar que hipócritas y malvados se han infiltrado en la Iglesia; pero no se puede escapar a la conclusión de que había una Iglesia en la cual se deslizaron. La unión de todos los hijos de Dios en un solo cuerpo es evidentemente según el pensamiento de Dios en la Palabra.

La posición de los sistemas nacionales en cuanto a la reunión de los creyentes

En cuanto a los llamados sistemas nacionales, es imposible hallar rastros de su existencia anteriormente al período de la Reforma. Ni su misma noción parece haber existido antes de este período. Lo único que podemos encontrar que sea mínimamente análogo —los privilegios de la Iglesia galicana y la práctica de votar por naciones en algunos concilios generales— son cosas tan ampliamente diferentes que no demandan discusión alguna.

El nacionalismo, es decir, la división de la Iglesia en cuerpos formados de tal o cual nación, es una novedad que data de cuatro siglos[3], aunque en estos sistemas se encuentran muchos queridos hijos de Dios. La Reforma no tocó directamente la cuestión del verdadero carácter de la Iglesia de Dios. No hizo nada para restaurarla a su estado primitivo. Hizo algo que es mucho más importante: expuso la verdad de Dios tocante a la gran doctrina de la salvación de las almas, con mucha más claridad y con un efecto mucho más poderoso que el moderno avivamiento. Pero no restableció la Iglesia en sus facultades primitivas: al contrario, la sujetó en general al Estado para librarla del Papa, porque consideraba peligrosa la autoridad papal y consideraba como cristianos a todos los sujetos de un país.

Para escapar de esta anomalía, creyentes fieles trataron de hallar refugio en una distinción entre una iglesia visible y una iglesia invisible. Pero leamos la Escritura: “Vosotros sois la luz del mundo.” ¿Qué valor tiene una luz invisible? “Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14). Decir que la verdadera Iglesia ha sido reducida a la condición de invisible es decidir toda la cuestión, y afirmar que la Iglesia ha perdido enteramente su posición original[4] y carácter esencial, y que está en un estado de apostasía, es decir, que se ha apartado del propósito de Dios y de la constitución que ella había recibido de Él; pues Dios no encendió una lámpara para ponerla debajo de un almud, sino para ponerla sobre el candelero para alumbrar a todos los que están en la casa (Mateo 5:15). Si se volvió invisible, dejó de responder al propósito para el cual fue constituida (véase Juan 17:21), es apóstata. Tal es, según su propio testimonio, el estado público del cristianismo.
La posición de la disidencia en cuanto a la reunión de los creyentes

Estamos, pues, de acuerdo en el hecho de que la reunión de todos los hijos de Dios en uno es según el propósito del Señor expresado en su Palabra.
Pero mi pregunta, antes de seguir, es ésta: ¿Puede uno creer que las iglesias disidentes, tal como existen en éste y en otros países, hayan alcanzado este objetivo, o que sea probable que lo alcancen?

Esta verdad de la reunión en uno de los hijos de Dios, la Escritura la presenta llevada a cabo en diferentes localidades; y en cada localidad, los cristianos allí residentes constituían un solo cuerpo. Las Escrituras son perfectamente claras a este respecto. Desde luego, se ha planteado la objeción de que una unión así es imposible, pero sin presentar pruebas extraídas de la Palabra de Dios que apoyen tal postura. Se dice: «¿Cómo podría ser esto posible en Londres o en París?» Pues bien, ello era posible en Jerusalén, y allí había más de cinco mil creyentes. Y si bien se reunían en casas y aposentos particulares, no por eso dejaban de ser un solo cuerpo, dirigido por un solo Espíritu, por una sola regla de gobierno, en una sola comunión, y reconocidos como tales. Por tal razón, tanto en Corinto como en otros lugares, una epístola dirigida a la Iglesia de Dios habría encontrado su destino en un cuerpo conocido. E iré más allá, y añadiré que es claramente nuestro deber desear pastores y maestros que asuman el cuidado de tales congregaciones, y que Dios ciertamente los suscitó en la Iglesia tal como la vemos en la Palabra.

 

 

La naturaleza y la unidad de la iglesia de cristo

Al escribir estas páginas, tengo el deseo de agregar todo lo que Dios me haya dado para contribuir al progreso de la Iglesia a través de los diversos ejercicios que ponen a prueba su fe. No puedo dudar de que gran parte de la verdad moral de la que dependen las siguientes consideraciones, ha sido comprendida por muchos creyentes, por aquellos que estudian con devoción la Palabra de Dios. Pero he sentido —en la poca comunión, aunque mucho trato, que los tales tienen entre sí— que el hecho de expresar, con la bendición de Dios, estos pensamientos, puede dirigir la atención de los creyentes hacia el verdadero objeto de la Iglesia, y poner de manifiesto más explícitamente a la Iglesia por medio de la Palabra divina; y que, en consecuencia, al recibir dichos pensamientos, también será posible definir su carácter y conducta, asegurando, bajo la bendición de Dios, una mayor conformidad de operación. También se podrá así establecer, fortalecer y afirmar a la Iglesia en la esperanza que le es propia, y hacer que ella exhiba con más claridad y poder la gracia de Dios al mundo; conducir a los creyentes a una más positiva confianza en las operaciones del Espíritu Santo, y esperar menos en las ideas de los hombres y en las cooperaciones humanas, o en lo que se verá al final que no son más que puros intereses humanos.

Si bien los objetivos y los propósitos de los creyentes son de naturaleza muy diversa, y están muy lejos del designio para el cual Dios los ha congregado —el cual Él mismo propone como el objeto dominante de su fe y, por consiguiente, el motivo de su conducta—, el resultado inevitable, aun en presencia de la misericordiosa providencia de Dios, es la división y el sectarismo, ya bajo la forma de iglesia nacional o disidente.

Doy por sentado aquí que las grandes verdades del Evangelio constituyen la fe que profesan las iglesias, como es el caso en todas las iglesias Protestantes genuinas. Pues la justa consecuencia de recibir las verdades evangélicas por la fe, y su efecto en el hombre, es la purificación de los deseos en amor —una vida para Aquel que murió por nosotros y que resucitó, una vida de esperanza en Su gloria—. Pretender, pues, la unidad allí donde la vida de la Iglesia carece enteramente de las justas consecuencias de su fe, es pretender que el Espíritu de Dios dé su consentimiento a la inconsistencia moral del hombre no regenerado, y que Dios esté satisfecho de que Su Iglesia se deje caer de la altura de la gloria de su sublime Cabeza, sin siquiera testificar contra la deshonra que ello le causa.

En realidad, nunca ha sido así: una cantidad de juicios desde afuera señalaron por bastante tiempo el desagrado divino mientras la Iglesia se iba hundiendo. Y cuando quedó completamente sumida en la apostasía, él levantó a Sus testigos, a aquellos que gemirían y clamarían por las abominaciones que se cometieron en ella. Estos testigos —en medio de una profunda oscuridad en cuanto a entendimiento espiritual— testificaron contra la corrupción moral que imperaba en la Iglesia; y, conscientes de que el Señor Jesús los había redimido del presente siglo malo, dieron testimonio de la apostasía de la Iglesia profesante.

Cuando plugo a Dios elevar este testimonio a una posición pública —a la vez que la verdad doctrinal (podemos creer) fue plenamente desarrollada para el establecimiento y la edificación de la fe de los creyentes—, de ninguna manera resultó que la Iglesia, como consecuencia, salió, en espíritu y con poder, de la depresión para asumir el carácter que le había sido originalmente conferido según el propósito de su Autor y ser así un testigo claro y adecuado de Sus pensamientos al mundo. En realidad, eso no es lo que ocurrió, por más bendecida que haya sido la Reforma, como todos lo tenemos que reconocer con profunda gratitud. Pues la Reforma estuvo en gran manera y manifiestamente mezclada con la intervención humana. Y aunque la presentación de la Palabra, como aquello en lo que el alma podía apoyarse, fue algo concedido por gracia, sin embargo una gran parte del antiguo sistema todavía era mantenido para la constitución de las iglesias, lo cual de ninguna manera era el resultado de la revelación del pensamiento de Cristo, conforme a la autoridad de la Palabra y a la luz que ella arrojaba. Esto —independientemente de la excelencia de los individuos— confería un carácter al estado y a la práctica de la Iglesia que muchos discernieron como falto de aquello que es aceptable a Dios. Pero como la autoridad de la Palabrahabía sido reconocida como la base de la Reforma, muchos procuraron seguirla, según creían, de la manera más perfecta posible. De allí surgieron todas las ramas de Disidencia[1], en proporción a la mundanalidad o al alejamiento de Dios de parte del cuerpo reconocido públicamente como la Iglesia. Porque debe tenerse en cuenta que, entre aquellos que tuvieron parte en el reavivamiento religioso desde el tiempo cuando el Papismo predominó sobre las naciones hasta tiempos recientes, por lo general se llamó la Iglesia a aquello que ha sido reconocido como tal por los gobernantes de este mundo, y no por personas que habían sido libradas del poder de las tinieblas, y trasladadas al reino del amado Hijo de Dios (Colosenses 1:13); personas que habían llegado a la “congregación (iglesia) de los primogénitos que están inscriptos en los cielos” (Hebreos 12:23).

Estas observaciones son en alguna medida aplicables a todos los grandes cuerpos Protestantes nacionales desde que el orden y la constitución exteriores se volvieron un asunto de tanta prominencia, lo cual no había sido el caso originalmente cuando se trataba principalmente de la liberación de Babilonia.

De todo esto surgió una consecuencia anómala y penosa: que la verdadera Iglesia de Dios no tiene ninguna comunión manifiesta. Supongo que ninguno de sus miembros negaría el hecho de que en todas las diferentes denominaciones haya individuos de la familia de Dios que profesan la misma fe pura; pero, ¿dónde está su vínculo de unión? No se trata de que profesantes inconversos estén mezclados con el pueblo de Dios en su comunión, sino de que el vínculo de su comunión no es la unidad del pueblo de Dios, sino, de hecho, sus diferencias.

Los vínculos de unión denominacional son los que en realidad separan a los hijos de Dios entre sí; de manera que, en vez de que los incrédulos se encuentren entremezclados con el pueblo de Dios (lo cual es de por sí un estado imperfecto), los integrantes del pueblo de Dios se hallan como individuos, entre los cuerpos de cristianos profesantes, unidos en comunión sobre bases diferentes; y no, de hecho, como el pueblo de Dios. La verdad de esto, creo, no puede ser negada, y, por cierto, es un estado muy extraordinario para la Iglesia de Dios.

La investigación de la Historia de la Iglesia

Pienso que la investigación de la Historia de la Iglesia nos ayudará a entender la razón de ello. Pero no es éste mi propósito ahora, pues estoy escribiendo sencillamente sobre aquel principio de inquirir y corroborar lo que caracterizó a aquellos que temían a Jehová y que hablaron cada uno a su compañero (Malaquías 3:16). Pero ello ha de constituir seguramente un asunto práctico de gran importancia para el juicio de aquellos que, porque aman a Jerusalén, les «duele verla echada en el polvo», de aquellos que aguardan “la consolación de Israel”. Creo por cierto que habrá un desarrollo gradual del pueblo de Dios mediante una separación del mundo, en la cual muchos de ellos quizás ahora piensan muy poco. El Señor estará con su pueblo en la hora de su prueba, y los ocultará secretamente en el tabernáculo de Su presencia. Pero no es mi propósito seguir con presunción mis propios pensamientos al respecto. Podemos señalar que el pueblo de Dios, desde el creciente derramamiento de Su Espíritu, ha hallado cierta clase de remedio para esta desunión (un remedio manifiestamente imperfecto, aunque no falso), en la Sociedad Bíblica, y en los esfuerzos misioneros. La primera proporcionó cierta unidad vaga en el hecho de que la Palabra tenía un reconocimiento común, lo cual, si se lo investigara, mostraría que, aunque no reconocido en su poder, lleva en forma inherente, aunque parcial, el germen de la verdadera unidad. Lo segundo proporcionó una unidad de deseo y de acción, que conducía en pensamiento hacia aquel reino, cuya falta de poder se había hecho sentir. Y en estos esfuerzos misioneros hallaron cierto alivio para ese sentimiento de falta, que había producido en ellos las operaciones del divino Espíritu.

Sabemos que era el propósito de Dios en Cristo reunir todas las cosas en Cristo, así las que están en los cielos como las que están en la tierra; reconciliadas consigo mismo en Él; y que la Iglesia debía ser, aunque necesariamente imperfecta durante Su ausencia, sin embargo, por el poder del Espíritu, el testigo de esto en la tierra, al congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Los creyentes saben que todos los que son nacidos del Espíritu tienen una unidad sustancial de pensamiento, de modo que se conocen mutuamente y se aman unos a otros como hermanos. Pero esto no lo es todo, incluso si se cumpliese en la práctica, pero no se cumple; porque ellos debían ser uno de tal manera que el mundo conociese que Jesús había sido enviado por Dios. En esto todos debemos confesar nuestro triste fracaso. No intentaré tanto aquí proponer medidas para los hijos de Dios, sino más bien establecer sanos principios; porque me resulta claro que ello tiene que provenir de la creciente influencia del Espíritu de Dios y de Su enseñanza invisible; pero tenemos que observar cuáles son los obstáculos positivos, y en qué consiste esta unión.

En primer lugar, lo deseable no es una unión formal de los cuerpos profesantes exteriores; lo cierto es que es sorprendente que haya protestantes reflexivos que la deseen. Lejos de ser para bien, concibo que sería imposible que un cuerpo así pudiera ser reconocido de alguna manera como la Iglesia de Dios. Sería un duplicado de la unidad católica romana. Perderíamos la vida de la Iglesia y el poder de la Palabra, y la unidad de vida espiritual quedaría totalmente excluida. Sean cuales fueren los planes en el orden de la Providencia, nosotros sólo podemos actuar sobre la base de los principios de la gracia; y la verdadera unidad es la unidad del Espíritu, y tiene que ser obra de la operación del Espíritu.

En medio de la gran oscuridad que prevaleció en la Iglesia hasta hoy, la división exterior ha sido un punto de apoyo principal no sólo de celo (como generalmente se admite), sino también de la autoridad de la Palabra, la cual es el instrumento de la vida de la Iglesia. La Reforma no consistió, como comúnmente se ha dicho, en la institución de una forma pura de iglesias, sino que se caracterizó por presentar la Palabra, y por exponer el gran fundamento y piedra angular cristiano de la «Justificación por la fe», en el cual los creyentes pueden hallar la vida.

Pero si la perspectiva que he adoptado del estado de la Iglesia es la correcta, podemos concluir que es enemigo de la obra del Espíritu de Dios quien defienda los intereses de cualquier denominación particular; y que aquellos que creen en “el poder y la venida del Señor Jesucristo” (2.ª Pedro 1:16) debieran guardarse con el mayor de los cuidados de un espíritu así; porque éste está llevando de nuevo a la Iglesia a un estado ocasionado por la ignorancia de la Palabra y la falta de sujeción a ella, e imponiendo como un deber sus peores y más anticristianos resultados. Ésta es una de las más sutiles y predominantes perturbaciones de la mente: “él no nos sigue” (Marcos 9:38), aun cuando se trate de hombres verdaderamente cristianos. Que el pueblo de Dios advierta si no está obstruyendo la manifestación de la Iglesia por este espíritu. Yo creo que difícilmente haya alguna actividad pública de los hombres cristianos (al menos los de clases más altas, o de aquellos que son activos en las iglesias denominacionales) que no se halle infectada con este espíritu. Pero la tendencia de ello es evidentemente hostil a los intereses espirituales del pueblo de Dios, y a la manifestación de la gloria de Cristo.

Los cristianos son poco conscientes de hasta qué punto este espíritu domina en sus mentes; de cómo buscan lo suyo propio, y no lo que es de Cristo Jesús; de cómo aquél seca los manantiales de la gracia y de la comunión espiritual; de cómo estorba aquel orden al que acompaña la bendición: reunirse en el nombre del Señor. Ninguna congregación que no esté dispuesta a abarcar a todos los hijos de Dios sobre la base plena del Reino del Hijo puede encontrar la plenitud de la bendición, porque no la contempla —porque su fe no la abraza—.

Donde dos o tres están congregados en Su nombre (Mateo 18:20), su nombre se halla grabado allí para bendición, por cuanto ellos están reunidos en la plenitud del poder de los invariables intereses de aquel reino perdurable en el cual tuvo a bien el glorioso Jehová glorificarse a sí mismo, y hacer conocer su nombre y su virtud salvadora en la Persona del Hijo, por el poder del Espíritu.

En el Nombre de Cristo, por tanto, ellos, en la medida de su fe, penetran en los plenos consejos de Dios, y son “colaboradores según Dios”. Por ende, cualquier cosa que pidieren, les será hecho, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Pero los lazos de comunión que no son constituidos según el alcance de los propósitos de Dios en Cristo, destruyen el mismo fundamento sobre el cual descansan estas promesas, así como su propia consistencia. No quiero decir que los tales no puedan hallar alguna pequeña medida de alimento espiritual, el cual, aunque generalmente de carácter parcial, pueda ser adecuado para fortalecer su esperanza de vida eterna. Pero la gloria del Señor es algo que cala hondo en el alma creyente, y, en la medida que la busquemos, será hallada la bendición personal. Esto me hace pensar (pues todos sin duda tienen alguna porción distinta de la forma de la Iglesia) en aquellos que repartieron entre sí los vestidos del Salvador; mientras que aquella túnica interior, que no podía ser rasgada, la cual era inseparablemente una en su naturaleza, sobre ella echaron suertes, para ver de quién sería. Pero mientras tanto, Su nombre, la presencia del poder de esa vida que les habría de unir a todos en el orden adecuado, es dejado expuesto y deshonrado.

Amados hermanos del Señor —vosotros que le amáis con sinceridad, y os gozais cuando oís su voz—, pasemos ahora, pues, a considerar cuál es la exigencia práctica de nuestra situación presente. Sopesemos Sus pensamientos respecto de nosotros. El Señor ha dado a conocer Sus propósitos en Él, y la manera en que estos propósitos son llevados a cabo. Nos ha dado “a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia” en uno y en Cristo (Efesios 1). Sólo en él, pues, podemos hallar esta unidad. Pero la Palabra bendita (¿y quién puede ser lo bastante agradecido por ella?) nos informará aún más. En cuanto a sus miembros terrenales, se habla de “congregar en uno a los hijos de Dios que están dispersos” (Juan 11:52). Y ¿cómo es esto? En “que un hombre moriría por ellos”. Como lo declara nuestro Señor en vista del fruto de la aflicción de Su alma: “Yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir” (Juan 12:32). Es, pues, Cristo quien atrae a sí mismo, y nada que falte de esto o que sea menos que esto puede producir la unidad: “El que conmigo no recoge, desparrama” (Lucas 11:23), y él atraería a todos a sí mismo por haber sido levantado de la tierra.

El siervo es quien ha de ser honrado. Si queremos ser siervos, es necesario que lo seamos siguiendo a Aquel que murió por nosotros. Y al seguirle a él, nuestra honra será estar con él “en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles” (Lucas 9:26). A pesar de que la Iglesia esté disgregada por haberse hecho como un cuerpo de este mundo, y de un Despertar tan imperfecto al haberse descubierto la libre esperanza de gloria, es un motivo de profundo agradecimiento el hecho de que los creyentes tengan delante de sí un camino delineado en la Palabra, y de que, si bien aún no se nos ha concedido el privilegio de ver la gloria de los hijos de Dios, la senda de esa gloria en el desierto nos haya sido revelada. Tenemos la seguridad, en doctrina, de que la muerte del Señor, en quien vino el libre don, es el único fundamento sobre el cual el alma es edificada para gloria eterna. Por cierto que me dirijo únicamente a los que creen esto. Nuestro deber como creyentes es ser testigos de lo que creemos. “Vosotros”, dice el Dios de los judíos por medio del profeta Isaías (43:10), “sois mis testigos”, en su desafío a los dioses falsos; y como Cristo es el Testigo fiel y verdadero (Apocalipsis 3:14), así también debe serlo la Iglesia. “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa,  pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1.ª Pedro 2:9).

¿De qué, pues, ha de ser testigo la Iglesia, en contra de la gloria idólatra del mundo? Precisamente de esa gloria adonde Cristo ha sido exaltado, mediante la conformidad práctica con Su muerte; ha de ser testigo de su verdadera creencia en la cruz, por el hecho de ser ellos mismos crucificados al mundo, y el mundo a ellos. La unidad, la unidad de la Iglesia, a la cual “el Señor añadía cada día … los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47) fue tal cuando ninguno decía ser suyo nada de lo que poseía, y cuando “su ciudadanía estaba en los cielos” (Filipenses 3:20); porque ellos no podían ser divididos en esa común esperanza. Ello unía inevitablemente los corazones de los hombres. El Espíritu de Dios ha dejado constancia del hecho de que la división empezó acerca de los bienes de la Iglesia, aun en su mejor uso, de parte de aquellos interesados en ellos; porque allí cabía la posibilidad de división, allí cabían intereses egoístas.

¿Deseo yo que los creyentes corrijan las iglesias? Les estoy rogando que se corrijan a sí mismos, viviendo en conformidad, en cierta medida, con la esperanza de su llamamiento. Les ruego que demuestren su fe en la muerte del Señor Jesús, y que su gloria sea en la maravillosa certeza que han obtenido por medio de ella, conformándose a esa muerte, mostrando su fe en Su venida, y esperándola en la práctica mediante una vida conforme a los deseos que esta esperanza conlleva.

Que ellos testifiquen contra la mundanalidad y la ceguera de la Iglesia; pero que sean consecuentes en su propia conducta: “Vuestra gentileza [lit., dulzura, moderación] sea conocida de todos los hombres” (Filipenses 4:5).

Mientras que prevalezca el espíritu del mundo (y, estoy convencido de ello, muy pocos creyentes son conscientes de cuánto prevalece), no podrá subsistir la unión espiritual. Pocos creyentes son realmente conscientes de cómo el espíritu que abrió gradualmente la puerta al dominio de la apostasía, sigue arrojando su perniciosa y funesta influencia sobre la Iglesia profesante.

Ellos piensan que porque han sido librados de su dominio mundano, quedan eximidos del espíritu práctico que le dio origen; y que porque Dios ha efectuado mucha liberación, deben estar por ello satisfechos. Pero nada podría dar un más claro testimonio de cuánto se han alejado del pensamiento del Espíritu de la promesa, el cual, teniendo ante sí el premio del supremo llamamiento de Dios, siempre prosigue hacia él, siempre busca “conformidad con Su muerte”, a fin de alcanzar la resurrección de entre los muertos (Filipenses  3:10). Ellos esperan al Señor, y, mirando a cara descubierta Su gloria, van siendo “transformados en la misma imagen de gloria en gloria” (2.ª Corintios 3:18). Pues, preguntémonos: ¿Está la Iglesia de Dios como los creyentes desearían tenerla? ¿Acaso no creemos que la Iglesia, como cuerpo, se ha alejado completamente de Él? ¿Está ella restaurada de modo que cuando Él se manifieste, sea glorificado en ella? ¿Es la unión de los creyentes de una naturaleza tal que el Señor la considera su característica peculiar? ¿No quedan impedimentos por quitar? ¿No hay un espíritu práctico de mundanalidad en esencial desacuerdo con los verdaderos fines del evangelio, a saber, la muerte y el retorno del Señor Jesús como Salvador? ¿Pueden los creyentes decir que obran según el precepto de que sea conocida su moderación de parte de todos los hombres?

Creo que Dios está obrando por medios y modos poco conocidos; que está preparando “el camino del Señor, y enderezando sus sendas”; haciendo, mediante una combinación de providencia y testimonio, la obra de Elías. Estoy persuadido de que Él avergonzará a los hombres exactamente en las mismas cosas en que se han jactado. Estoy persuadido de que Él manchará la soberbia de la gloria humana, y que “la altivez de los ojos del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y Jehová solo será exaltado en aquel día. Porque día de Jehová de los ejércitos vendrá sobre todo soberbio y altivo, sobre todo enaltecido, y será abatido; sobre todos los cedros del Líbano altor, y erguidos, y sobre todas las encinas de Basán; sobre todos los montes altos, y sobre todos los collados elevados; sobre toda torre alta, y sobre todo muro fuerte; sobre todas las naves de Tarsis, y sobre todas las pinturas preciadas. La altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y solo Jehová será exaltado en aquel día. Y quitará totalmente los ídolos. Y se meterán en las cavernas de las peñas y en las aberturas de la tierra, por la presencia temible de Jehová, y por el resplandor de su majestad, cuando él se levante para castigar la tierra” (Isaías 2).

Pero hay una parte práctica que los creyentes deben realizar. Pueden poner sus manos en muchas cosas que en sí mismas son inconsecuentes en la práctica con el poder de aquel día —cosas que demuestran que los tales no tienen su esperanza puesta en este último—, con una conformidad con el mundo que demuestra que la cruz no tiene su propia gloria a sus ojos.Que ellos puedan sopesar estas cosas. Éstos no son sino puntos sueltos que pongo a vuestra consideración. Pero, ¿son ellos el testimonio del Espíritu, o no? Sometamos cada una de estas consideraciones a la prueba de la Palabra. Que la poderosa doctrina de la cruz sea testificada a todos los hombres, y que los ojos del creyente sean fijados en la venida del Señor. Pero no defraudemos a nuestras almas de toda la gloria que acompaña esa esperanza, por poner nuestros afectos en cosas que, según se demostrará, han tenido su origen en este mundo, y que terminarán con él. ¿Soportarán Su venida?

Además, la unidad es la gloria de la Iglesia; pero una unidad para asegurar y promover nuestros propios interesesno es la unidad de la Iglesia, sino confederación y negación de la naturaleza y de la esperanza de la Iglesia. La unidad, esto es, la de la Iglesia, es la unidad del Espíritu, y sólo puede tener lugar en las cosas del Espíritu, y por ello sólo puede consumarse en personas espirituales.

Tal es ciertamente el carácter esencial de la Iglesia, y esto testifica fuertemente al creyente acerca del estado actual de la Iglesia. Pero, pregunto, si la Iglesia profesante busca intereses mundanos, y si el Espíritu de Dios está entre nosotros, entonces, ¿podrá ser Él acaso el ministro de la unidad en tales ocupaciones? Si las varias iglesias profesantes la buscasen, cada una por sí misma, no hace falta dar ninguna respuesta. Pero si se unen en buscar un interés común, no nos engañemos; hay dos cosas que tenemos que considerar. Primero, ¿son los objetivos en nuestro trabajo, exclusivamente los objetivos del Señor, y ningún otro? Si no lo han sido en los cuerpos separados los unos de los otros, no lo serán en ninguna unión de ellos juntos. Que el pueblo del Señor sopese esto. En segundo lugar, que nuestra conducta sea el testigo de nuestros objetivos. Si no estamos viviendo en el poder del reino del Señor, ciertamente no seremos consistentes en la búsqueda de sus objetivos. Que esto cale hondo en nuestros pensamientos, mientras pensamos qué cosa buena podemos hacer para heredar la vida eterna, para vender todo lo que tenemos, tomar nuestra cruz, y seguir a Cristo. ¿No toca esto muy de cerca los corazones de muchos? Tengamos pues muy en cuenta las siguientes verdades: que las así llamadas comuniones —en cuanto al pensamiento del Señor acerca de su Iglesia— son desunión; y, de hecho, un repudio a Cristo y a la Palabra. “¿No sois carnales, y andáis como hombres?” “¿Acaso está dividido Cristo?” (1.ª Corintios 3:3)  ¿Acaso no está dividido en lo que toca a nuestros corazones desobedientes? Les pregunto a los creyentes: “Pues habiendo entre vosotros divisiones ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (1.ª Corintios 1:13).

Es más, no existe entre vosotros ninguna unidad de que se haga profesión. En tanto los hombres se jacten en ser Anglicanos, Presbiterianos, Bautistas, Independientes, o cualquier otra cosa, son por ello anticristianos. ¿Cómo, pues, hemos de ser unidos? Contesto: tiene que ser la obra del Espíritu de Dios. ¿Seguís vosotros el testimonio del Espíritu en la Palabra en su aplicación práctica a vuestras conciencias, no sea que aquel día os tome desprevenidos? “En aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa; y si otra cosa (es decir: algo diferente) sentís, esto también os lo revelará Dios” y nos mostrará el buen camino (Filipenses 3:15-16). Descansemos en esta promesa de Aquel que no puede mentir. Que los fuertes soporten las flaquezas de los más débiles, y que no se agraden a sí mismos. Iglesias profesantes (y más aquellas instituidas por el Estado) han pecado grandemente al insistir en cosas de poca importancia y al estorbar así la unión de los creyentes; y de este cargo son gravemente culpables los dirigentes de las diversas iglesias.

El orden, sin duda, es algo necesario; pero allí donde dicen: «Estas cosas son insignificantes y sin importancia en sí mismas; por lo tanto, vosotros tenéis que usarlas para complacernos a nosotros», la palabra del Espíritu de Cristo dice: «Son insignificantes; por lo tanto, cederemos a vuestra debilidad, y no pondremos tropiezo a un hermano por quien Cristo murió.» Pablo jamás habría comido carne, si al hacerlo hubiese herido la conciencia de un hermano débil, por más que el hermano débil haya estado errado. Y ¿por qué se insiste tanto en esas cosas a las que le restan importancia? Porque otorgan distinción y un lugar en el mundo. Si fuesen deshechos el orgullo de autoridad y el orgullo de separación (ninguno de los cuales son propios del Espíritu de Cristo), y si fuese tomada la Palabra de Dios como la única guía práctica, y los creyentes procurasen obrar en conformidad con ella, nos evitaríamos mucho juicio, aunque quizás no hallemos enteramente la gloria del Señor, y más de un pobre creyente, a quien el Señor tiene en vista para bendición, hallaría consuelo y reposo. Mas a los tales digo: No temáis, sabéis a quién habéis creído, y si en verdad vienen juicios, queridísimos hermanos, podéis alzar vuestras cabezas, “porque vuestra redención está cerca” (Lucas 21:28). Pero en cuanto a las iglesias (si todavía el Señor tuviese misericordia, pues él no podría aprobarlas en su estado presente, como todos debieran de admitir), júzguense a sí mismas por la Palabra. Que los creyentes quiten todas las cosas que estorban la gloria del Señor, ocasionadas por sus propias inconsistencias, y por las cuales se asocian al mundo, y pierden su discernimiento. Que tengan comunión los unos con los otros, que busquen la voluntad de Dios en su Palabra, y verán si no sigue la bendición; en todo caso la bendición les seguirá a ellos; encontrarán al Señor como aquellos que le han esperado, y que pueden regocijarse de corazón en Su salvación. Que empiecen por estudiar el capítulo doce de la epístola a los Romanos, si es que creen que son partícipes de la inefable redención consumada por la cruz.

Permítaseme, en amor, hacer una pregunta a las iglesias profesantes. Muchas veces han declarado a los católicos romanos, y con verdad, su unidad en la fe doctrinal. ¿Por qué, pues, no hay una unidad real? Si ven errores los unos en los otros, ¿no deberían humillarse los unos por los otros? Pues, en aquello a que se ha llegado ¿por qué no seguir la misma regla, hablar la misma cosa?, y si en algún punto ha habido diversidad de pensamiento (en lugar de contender sobre la base de la ignorancia), ¿por qué no esperar con oración, a fin de que esto también se los revele Dios? Y aquellos que aman al Señor entre los tales, ¿no deberían procurar discernir las causas? Sin embargo bien sabemos que, hasta que no sea expurgado de en medio de ellos el espíritu del mundo, no puede haber unidad, ni pueden hallar los creyentes reposo seguro. Temo que no sea con “espíritu de juicio y con espíritu de devastación” (Isaías 4:4). Los hijos de Dios sólo pueden seguir una cosa: la gloria del nombre del Señor, y únicamente conforme al camino señalado en la Palabra; si la iglesia profesante se siente orgullosa de sí misma, y descuida este objetivo, no le queda otro recurso, sino seguir los mismos pasos del Señor, quien, para santificar al pueblo mediante Su propia sangre, “padeció fuera de la puerta”; y así ellos tendrán también que salir “a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:12-13). Bueno sería ponderar cuidadosamente los capítulos dos y tres de Sofonías. ¿Qué es lo que está pasando en Inglaterra en este momento, un momento de ansiedad y conflicto de juicio entre sus políticos e intelectuales? ¿Por qué vemos a las iglesias valiéndose de la abogacía de aquellos que no son creyentes (y lo digo sin menosprecio para ninguno), con el objeto de obtener alguna participación, o de mantener para sí, los beneficios temporales y los honores de ese mundo del cual vino el Señor para redimirnos? ¿Se asemeja esto a Su pueblo peculiar? ¿Qué tengo que ver yo con estas cosas? Nada. Pero como hay hermanos que se hallan asociados tanto con el uno como con el otro, cada uno que piensa en ello tiene que testificar con todas sus fuerzas, para que de una manera u otra pueda mantenerse libre de ello, a fin de que no sea avergonzado en el día de la venida del Señor. Y muchos en quienes el pueblo de Dios ha puesto su confianza, y en quienes ha contando como entendidos, siguen la misma ruta; y los simples, como los que siguieron a Absalón, siguen en pos de ellos, sin saber adonde van.

Bien podemos creer lo que es esta abogacía. Pero qué sustituto miserable en lugar de apoyarse en el Señor Jehová, el Salvador, para la prosperidad espiritual de Su propio pueblo, con hermanos que llevan a cabo su servicio a los demás en la oración y en el ministerio por amor a Su nombre: mientras que, como bien podríamos suponer, los abogados de aquéllos los usan meramente como instrumentos que sirven para sus propios propósitos partidarios. Pero tales alianzas no pueden prosperar.

¿Qué debe hacer, entonces, el pueblo del Señor? Que esperen en el Señor, y que esperen según la enseñanza de Su Espíritu, y en conformidad a la imagen del Hijo por la vida del Espíritu.

Que sigan su camino tras las huellas del rebaño, si desean saber dónde el buen Pastor apacienta su rebaño al mediodía (Cantares 1:7-8). Que sean seguidores de que, por fe y con paciencia, heredan las promesas (Hebreos 6:12), acordándose de la palabra: “Ata el testimonio, sella la ley entre mis discípulos. Esperaré, pues, a Jehová, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob, y en él confiaré ” (Isaías 8:16-17). Y si el camino parece oscuro entre ellos, que traigan a la memoria la palabra de Isaías: “¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios” (Isaías 50:10).

Si me preguntan otra vez qué tengo yo que ver con ellos, sólo puedo contestar que tengo una ferviente solicitud por ellos; por los disidentes, a causa de su integridad de conciencia y, a menudo, su profunda comprensión de los pensamientos de Cristo; y por la Iglesia, si sólo fuera por amor a la memoria de aquellos hombres que, por mucho que hayan estado enredados exteriormente con lo que era ajeno a su propio espíritu y no hayan podido librarse de ello, sin embargo parecen haber bebido interiormente del Espíritu de Aquel que los llamó, más profundamente que cualquiera desde los días de los apóstoles; hombres en cuya comunión me regocijo con agradecimiento, a quienes me place honrar. Pero, ¿no hay ninguno que recuerde el espíritu que los caracterizó? Nosotros tenemos muchas ventajas que ellos no tuvieron. Quiera Dios manifestar el poder de su Espíritu en muchos para efectuar la obra entretanto se dice: Hoy. Quiera él quitar el espíritu soñoliento de los que duermen, y guiar en Su propia senda —una senda estrecha pero bendita, senda que conduce a la vida, la senda que transitó el Señor de la gloria—  a aquellos a quienes ha despertado, para que caminen en la luz del Señor.

Pero si alguno dijere: «Si usted ve estas cosas, ¿qué es lo que está haciendo usted mismo?» Sólo puedo reconocer profundamente las extrañas e infinitas faltas, y afligirme y lamentarme por ellas; reconozco la debilidad de mi fe, pero busco con fervor ser guiado. Y permitidme añadir, cuando tantos que debieran estar guiando, van por sus propios caminos, aquellos que habrían estado bien dispuestos a seguir se vuelven lentos y débiles, por temor a apartarse del camino recto, y su servicio queda impedido, aunque sus almas estén a salvo. Pero repito con la mayor solemnidad lo que he dicho antes: no se puede encontrar la unidad de la Iglesia hasta que la gloria del Señor sea el objetivo común de sus miembros, la gloria de Aquel que es el Autor y consumador de su fe; una gloria que tiene que ser dada a conocer en su resplandor cuando Él se manifieste, cuando la apariencia de este mundo haya pasado. Por lo tanto, debemos conducirnos conforme a la luz de esa gloria y empaparnos de ella cuando somos juntamente plantados en la semejanza de Su muerte.

Porque la unidad, en su naturaleza esencial, sólo puede hallarse allí; a no ser que el Espíritu de Dios, quien congrega a los suyos, los congregue para fines que no son de Dios, y que los consejos de Dios en Cristo queden en la nada. El Señor mismo dice: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:21-23).

¡Oh, que la Iglesia pondere esta palabra, y compruebe si su estado actual no impide de necesidad que los miembros resplandezcan en la gloria del Señor, y estorbe el cumplimiento de aquel propósito para el que fueron llamados! Y yo les pregunto: ¿Buscan esto o lo desean en alguna medida? ¿O se sienten contentos con sentarse y decir que Su promesa ha fallado por completo y para siempre? Lo cierto es que si no podemos decir: “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti” (Isaías 60:1), deberíamos decir: “Despiértate, despiértate, vístete de poder, oh brazo de Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo, en los siglos pasados. ¿No eres tú el que cortó a Rahab, y el que hirió al dragón?” (Isaías 51:9). Seguramente que ojo no vio ni oído oyó lo que él prepara para aquellos que esperan en él. ¿Dará él su gloria a una división o a otra? O ¿dónde encontrará él un lugar para que su gloria repose en medio de nosotros? ¿o es que hallando vuestra vida en vuestras ocupaciones, no os sentís afligidos? No obstante, él seguramente habrá de reunir a su pueblo, y los demás serán avergonzados.

He ido más allá de mi intención original en este artículo; si en algo he ido más allá de la medida del Espíritu de Jesucristo, aceptaré agradecido la reprensión, y ruego a Dios que ello sea olvidado.

La iglesia como era al principio y su estado actual

La Iglesia desde dos puntos de vista

Podemos considerar a la Iglesia desde dos puntos de vista. Primeramente, es la reunión de los hijos de Dios, formados en un solo cuerpo, unidos por el poder del Espíritu Santo en Cristo Jesús, el hombre glorificado, ascendido al cielo. En segundo lugar, es la casa o habitación de Dios por el Espíritu.

El Salvador se dio a sí mismo, no solamente para salvar perfectamente a todos los que creen en Él, sino también “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Cristo cumplió perfectamente la obra de la redención; habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados, se sentó a la diestra de Dios. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” El Espíritu Santo nos da testimonio al decir: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:14, 17). El amor de Dios nos ha dado a Jesús; la justicia de Dios está plenamente satisfecha por Su sacrificio, y Él está sentado a la diestra de Dios como un testimonio continuo de que la obra de la redención está cumplida, de que somos aceptos en Él y de que poseemos la gloria a la que somos llamados. Según su promesa, Jesús envió al Espíritu Santo del cielo, el Consolador, quien mora en nosotros, los que creemos en Jesús, y quien nos ha sellado para el día de la redención, es decir, para la glorificación de nuestros cuerpos. El mismo Espíritu es, además, las arras de nuestra herencia.

Todas estas cosas podrían ser verdad, aun cuando no hubiese una Iglesia en la tierra. Hay individuos salvos, hay hijos de Dios herederos de la gloria del cielo; pero estar unidos a Cristo, ser miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos, es otra cosa muy distinta; y es otra cosa aún ser la habitación de Dios por el Espíritu. Nosotros hablaremos de estos últimos puntos.

No hay nada más claramente demostrado en las Santas Escrituras que el hecho de que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. No solamente somos salvos por Cristo, sino que estamos en Cristo y Cristo en nosotros. El verdadero cristiano que goza de Sus privilegios sabe que, por medio del Espíritu Santo, él está en Cristo y Cristo en él. “En aquel día”, dice el Señor, “vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (Juan 14:20). En aquel día, es decir, en el día cuando hayáis recibido el Espíritu Santo enviado del cielo. “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Corintios 6:17).

Así pues, estamos en Cristo y somos miembros de su cuerpo. Esta doctrina está ampliamente desarrollada en la epístola a los Efesios, capítulos 1 a 3. ¿Qué podría haber más claro que esta palabra: “Y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo” (Efesios 1:22, 23)? Observad que este hecho maravilloso comenzó, o se encontró que existía, tan pronto como Cristo fue glorificado en el cielo, aunque todo lo que se encuentra contenido en estos versículos no ha sido todavía cumplido. Dios, dice el apóstol, nos ha resucitado junto con Él, nos ha sentado en Él en los lugares celestiales —no todavía con Él, sino “en Él”—. Y en el capítulo 3: “Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio… para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Efesios 3:5- 6, 10).

La formación de la iglesia

La Iglesia está formada en la tierra por el Espíritu Santo que bajó del cielo, después que Cristo fue glorificado. Está unida a Cristo, su Cabeza celestial, y todos los verdaderos creyentes son sus miembros por el mismo Espíritu. Esta preciosa verdad se halla confirmada en otros pasajes; por ejemplo, en la epístola a los Romanos, capítulo 12: “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Romanos 12:4-5).

No es preciso citar otros pasajes; llamamos solamente la atención del lector respecto del capítulo 12 de la primera epístola a los Corintios. Está claro como la luz del mediodía que el apóstol habla aquí de la Iglesia en la tierra, no de una Iglesia futura en el cielo, y ni siquiera de iglesias dispersas en el mundo, sino de la Iglesia en conjunto, representada, sin embargo, por la iglesia de Corinto. Por eso se dice al comienzo de la epístola: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.” La totalidad de la Iglesia se halla claramente indicada por estas palabras: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan.” Es evidente que los apóstoles no se hallaban en una iglesia particular, y que los dones de sanidades no podían ser ejercidos en el cielo. Claramente es la Iglesia universal en la tierra. Esta Iglesia es el cuerpo de Cristo, y los verdaderos creyentes son sus miembros.

Ella es una por el bautismo del Espíritu Santo. “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (v. 12). Entonces, después de haber dicho que cada uno de estos miembros trabaja según su propia función en el cuerpo, el apóstol agrega: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (v. 27). Tened presente que esto sucede como consecuencia del bautismo del Espíritu Santo que descendió del cielo. Por consiguiente, este cuerpo existe en la tierra y comprende a todos los cristianos, dondequiera que se encuentren; ellos han recibido el Espíritu Santo, por lo que son miembros de Cristo y miembros los unos de los otros. ¡Oh, qué hermosa es esta unidad! Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros se regocijan con él.

La Iglesia es el cuerpo de Cristo, unido a Él, su Cabeza en el cielo. Venimos a ser miembros de este cuerpo por el Espíritu que mora en nosotros, y todos los cristianos son miembros los unos de los otros. Esta Iglesia que pronto será hecha perfecta en el cielo, es formada actualmente en la tierra por el Espíritu Santo enviado del cielo, quien mora con nosotros y por quien todos los verdaderos creyentes son bautizados en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). Como miembros de un solo cuerpo, los dones son ejercidos en la Iglesia entera.

Hay todavía, como lo dijimos, otro carácter de la Iglesia de Dios en la tierra; ella, aquí abajo, es la habitación de Dios. Es interesante observar que esto no tuvo lugar antes que se cumpliese la redención. Dios no habitó con Adán ni aun cuando él era todavía inocente, ni con Abraham, aunque visitó con mucha condescendencia al primer hombre en el paraíso, como lo hizo también más tarde con el padre de los creyentes. No obstante, Él nunca moró con ellos. Pero una vez que Israel fue sacado de Egipto, un pueblo redimido (Éxodo 15:13), Dios comenzó a morar en medio de su pueblo. Tan pronto como la construcción del tabernáculo fue revelada y regulada, Dios dijo: “Y habitaré entre los hijos de Israel; y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos” (Éxodo 29:45-46). Después de haber liberado a su pueblo, Dios habitó en medio de él, y la presencia de Dios fue su mayor privilegio.

La presencia del Espíritu Santo es lo que caracteriza a los verdaderos creyentes en Cristo: “Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19). “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9). Los cristianos, colectivamente, son el templo de Dios, y el Espíritu de Dios habita en ellos (1 Corintios 3:16). Sin hablar del cristiano individualmente entonces, diré que la Iglesia en la tierra es la habitación de Dios por el Espíritu. ¡Qué precioso privilegio! ¡La presencia de Dios mismo, fuente de gozo, de fuerza y de sabiduría para su pueblo! Pero al mismo tiempo, hay una enorme responsabilidad en cuanto a la manera en que tratamos a un invitado tal. Citaré algunos pasajes para demostrar esta verdad. En Efesios 2:19-22 leemos: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”

Tal es la casa de Dios en la tierra. Cuando la Iglesia esté completa, se reunirá con Cristo en el cielo, revestida de la misma gloria que su Esposo. Es necesario, antes de hablar del estado de la Iglesia tal como era al principio, señalar una diferencia que se encuentra en la Palabra de Dios, en cuanto a la casa. El Señor dijo: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Es el mismo Cristo el que edifica su Iglesia; y, por lo tanto, las puertas del hades no prevalecerán contra ella[2]. Aquí, no es el hombre el que edifica, sino Cristo. Ésta es la razón por la que el apóstol Pedro, cuando habla de la casa espiritual, no dice nada de los obreros: “Acercándoos a él, piedra viva… vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:4-5).

Los apóstoles Juan y Pablo, y más concretamente el último, hablan de la unidad manifestada ante los hombres, para testimonio del poder del Espíritu a los hombres. En Juan 17 leemos: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20-21). Aquí, la unidad de los hijos de Dios es un testimonio hacia el mundo de que Dios envió a Jesús para que el mundo crea. Como consecuencia de esta verdad, está claro que el deber de los hijos de Dios es manifestar esta realidad. Todos reconocen de qué manera el estado contrario a esta verdad es un arma en las manos de los enemigos de esta verdad.

El carácter de la casa y la doctrina de la responsabilidad de los hombres se enseñan aún en otros pasajes de la Palabra de Dios. Pablo dice: “Vosotros sois, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima, pero cada uno mire cómo sobreedifica” (1 Corintios 3:9-10). Aquí, es el hombre el que edifica. La casa de Dios se manifiesta en la tierra. La Iglesia es el edificio de Dios, pero no tenemos allí la obra de Dios solamente —esto es, los que vienen a Dios atraídos por el Espíritu Santo— sino el efecto de la obra de los hombres, que a menudo han edificado con madera, heno, hojarasca, etc.

Los hombres confundieron la casa exterior, edificada por los hombres, con la obra de Cristo que puede ser idéntica a la de los hombres, pero puede también diferir ampliamente. Falsos maestros atribuyeron todos los privilegios del cuerpo de Cristo a la “casa grande”, compuesta de toda clase de iniquidad y de hombres corrompidos (2 Timoteo 2). Este fatal error no destruye la responsabilidad de los hombres en lo que respecta a la casa de Dios —su morada por el Espíritu Santo—, como tampoco esta responsabilidad se destruye con relación a la unidad del Espíritu, en un único cuerpo sobre la tierra.

Me parece importante señalar esta diferencia, porque arroja mucha luz sobre las cuestiones actuales. Pero prosigamos con nuestro tema. ¿Cuál era el estado de la Iglesia al principio en Jerusalén? Vemos que se manifestaba el poder del Espíritu Santo maravillosamente. “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2). Y en el capítulo 4: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hechos 4:32-35). ¡Qué espléndida descripción del efecto del poder del Espíritu en sus corazones, efecto que desaparecería demasiado pronto y para siempre!; pero los cristianos deben procurar realizar este estado tanto como les sea posible.

Antes los cristianos eran todos conocidos, públicamente admitidos en la Iglesia, tanto gentiles como judíos. La unidad era manifestada. Todos los santos eran miembros de un solo cuerpo, del cuerpo de Cristo; la unidad del cuerpo era reconocida, y era una verdad fundamental del cristianismo. En cada localidad, había una manifestación de esta unidad de la Iglesia de Dios sobre la tierra; de modo que una epístola de Pablo dirigida a la iglesia de Dios en Corinto, llegaba a una sola asamblea; y el apóstol podía añadir a continuación: “con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”. Sin embargo, si hablamos especialmente de los que estaban en Corinto, dice: “Vosotros, pues, sois (el) cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.” Si un cristiano, miembro del cuerpo de Cristo, iba de Éfeso a Corinto, era necesariamente también miembro del cuerpo de Cristo en esta última asamblea. Los cristianos no son miembros de una asamblea, sino de Cristo. El ojo, la oreja, el pie o cualquier otro miembro que estuviese en Corinto, lo era también en Éfeso. En la Palabra no encontramos la idea de ser miembro de una iglesia, sino de miembros de Cristo.

El ministerio, tal como es presentado en la Palabra, es también una prueba de la misma verdad. Los dones, fuente del ministerio, otorgados por el Espíritu Santo, estaban en la Iglesia (1 Corintios 12:8-12, 28). Aquellos que los poseían eran miembros del cuerpo. Si Apolos era maestro en Corinto, lo era también en Éfeso. Si era el ojo, la oreja, o cualquier otro miembro del cuerpo de Cristo en Éfeso, también lo era en Corinto. No hay nada más claramente expresado sobre este tema que lo que leemos en 1 Corintios 12: un cuerpo, muchos miembros; la Iglesia era una sola, y en ella se hallaban los dones que el Espíritu Santo había dado —dones que se ejercían en cualquier localidad donde pudiese estar el que los poseyera—. El capítulo 4 de la epístola a los Efesios contiene la misma verdad. Cuando Cristo ascendió a lo alto, “dio dones a los hombres… Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”

La Cena era la señal exterior de la unidad: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Corintios 10:17). El testimonio que la Iglesia rinde hoy es más bien éste: que el Espíritu Santo, su poder y su gracia, no puede superar las causas de las divisiones. La mayor parte de esto que se llama la Iglesia es el asiento de la corrupción más grosera y la mayoría de aquellos que presumen de su luz son incrédulos. Ortodoxos, reformados, católicos, luteranos, no toman la Cena juntos; se condenan unos a otros. La luz de los hijos de Dios que se encuentran en las distintas sectas, yace oculta bajo un almud; y los que se separan de estos cuerpos, porque no pueden soportar esta corrupción, se dividen en cientos de partidos que no tomarán la Cena juntos. Ni los unos, ni los otros, pretenden ser la Iglesia de Dios, pero dicen que ella se ha vuelto invisible. ¿Cuál es, pues, el valor de una luz invisible? Sin embargo, no hay ni humillación, ni confesión, por más que se reconozca que la luz se volvió invisible. La unidad, en lo que respecta a su manifestación, está destruida. La Iglesia, que una vez era bella, unida, celestial, perdió su carácter; se halla oculta en el mundo; y los mismos cristianos son mundanos, llenos de codicias, ávidos de riquezas, de honores, de poder, similares a los hijos de este siglo. Son una epístola, en la cual nadie puede leer una sola palabra de Cristo[4]. La mayor parte de lo que lleva el nombre de cristiano es infiel o constituye el asiento del enemigo, y los verdaderos cristianos están perdidos en medio de la multitud. ¿Dónde encontrarán “un solo pan”, el emblema del “un cuerpo”? ¿Dónde está el poder del Espíritu que une a los cristianos en un solo cuerpo? ¿Quién puede negar que los cristianos hayan sido así? ¿Y no son culpables de no ser lo que una vez fueron? ¿Podemos considerar bueno que se esté en un estado muy diferente del que estaba la Iglesia al principio, y que la Palabra reclama de nosotros? Deberíamos estar profundamente afligidos de un estado tal como el de la Iglesia en el mundo, porque no responde de ningún modo al corazón y al amor de Cristo. Los hombres se limitan a tener asegurada su vida eterna.

El apóstol nos dice aún, que después de su partida entrarían en la Iglesia lobos rapaces que no perdonarían al rebaño (Hechos 20:29), y que en los últimos días vendrían tiempos peligrosos, hombres con apariencia de piedad, pero que negarían su poder; malos hombres e impostores que irían de mal en peor, engañando y siendo engañados (2 Timoteo 3:5, 13), y que finalmente tendría lugar la apostasía. ¿Todo eso constituye la perseverancia en la gracia de Dios? Esta infidelidad ¿es algo desconocido en la historia del hombre? Dios siempre comenzó por colocar a sus criaturas en una buena posición, pero la criatura abandonó invariablemente la posición en la cual Dios la había puesto, y se volvió infiel en ella. Dios, después de larga paciencia, nunca restablece a la posición de la cual se cayó. No corresponde a sus caminos restaurar una cosa que se echó a perder; sino que Él directamente la corta, para introducir luego algo totalmente nuevo, mucho mejor que lo que había sido antes. Adán cayó, y Dios quiere que el segundo Adán sea el Señor del cielo. Dios dio la ley a Israel, pero éste hizo el becerro de oro antes de que Moisés bajase de la montaña; y Dios quiere escribir la ley en el corazón de su pueblo. Dios estableció el sacerdocio de Aarón, pero sus hijos ofrecen inmediatamente “fuego extraño”; y, a partir de entonces, Aarón no pudo entrar más en el lugar santísimo con sus vestiduras de “gloria y hermosura”. Dios hizo sentar al hijo de David en el trono de Jehová (1 Crónicas 29:23), pero dado que la idolatría fue introducida por él, el reino fue dividido, y el trono del mundo fue otorgado por Dios a Nabucodonosor, quien hizo una gran estatua de oro y lanzó a los fieles a la hoguera ardiente. En cada ocasión el hombre fracasó; y Dios, después de haberlo soportado mucho tiempo, interviene en juicio, y sustituye el sistema anterior por uno mejor.

Es interesante observar cómo todas las cosas en las que el hombre fracasó, se restablecen de una manera más excelente en el segundo Hombre. El hombre será exaltado en Cristo, la ley escrita en el corazón de los judíos, el sacerdocio ejercido por Jesucristo. Él es el hijo de David que reinará sobre la casa de Israel; regirá las naciones. Lo mismo ocurre en lo que se refiere a la Iglesia; ella fue infiel, no mantuvo la gloria de Dios que le había sido confiada; a causa de eso, como sistema, será cortada de la tierra; el orden de cosas establecido por Dios finalizará por el juicio; los fieles subirán al cielo en una condición mucho mejor, para ser conformados a la imagen del Hijo de Dios, y se establecerá el reino del Señor en la tierra. Todas estas cosas serán un admirable testimonio de la fidelidad de Dios, quien cumplirá todos sus propósitos a pesar de la infidelidad del hombre. Pero ¿anula esto la responsabilidad del hombre? ¿Cómo Dios, pues, como dice el apóstol, juzgaría al mundo? Nuestros corazones ¿no sienten que arrastramos la gloria de Dios al polvo? El mal comenzó a partir del tiempo de los apóstoles; cada uno agregó a éste su parte; la iniquidad de los siglos se amontona sobre nosotros; pronto la casa de Dios será juzgada; se volvió a demandar la sangre de todos los justos a la nación judía, y Babilonia también será hallada culpable de la sangre de todos los santos.

Es cierto que serán arrebatados al cielo; pero, junto con eso, ¿no deberíamos afligirnos por la ruina de la casa de Dios? Sí, sin duda. Ella era una; un testimonio magnífico a la gloria de su Cabeza por el poder del Espíritu Santo; unida, celestial, la cual daba a conocer al mundo el efecto del poder del Espíritu Santo, que ponía al hombre sobre todo motivo humano, y hacía desaparecer las distinciones y las diversidades, llevando creyentes de todas las regiones y de todas las clases para ser una sola familia, un solo cuerpo, una sola Iglesia: testimonio poderoso de la presencia de Dios en la tierra en medio de los hombres.

A fin de demostrar que la responsabilidad continúa del principio al fin, leamos en la epístola de Judas: “Algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación” (Judas 4). Éstos ya se habían infiltrado entre ellos y “de éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos” (Judas 14). Así pues, los que en el tiempo de Judas se habían infiltrado solapadamente, atraían el juicio sobre los profesantes profanos del cristianismo. En esta epístola tenemos los tres caracteres de la iniquidad y sus progresos. En Caín está la iniquidad puramente humana; en Balaam, la iniquidad eclesiástica; en Coré, la rebelión, y entonces perecen. En el campo donde el Señor había sembrado la buena semilla, el enemigo, mientras los hombres dormían, sembró la cizaña. Es muy cierto que la buena semilla se recoge en el granero; sin embargo, la negligencia de los siervos dejó al enemigo la ocasión de estropear la obra del amo. ¿Podemos ser indiferentes al estado de la Iglesia, amada por el Señor; indiferentes a las divisiones que el Señor ha prohibido?[5]. No; humillémonos, queridos hermanos, confesemos nuestras faltas y pongamos fin al asunto. Marchemos fielmente cada uno como corresponde, y esforcémonos en encontrar una vez más la unidad de la Iglesia y el testimonio de Dios. Purifiquémonos de todo mal y de toda iniquidad. Si es posible reunirnos en el nombre del Señor, será una gran bendición; pero es esencial que eso se haga en la unidad de la Iglesia de Dios y en la verdadera libertad del Espíritu.

Si la casa de Dios está aún en la tierra y el Espíritu Santo la habita, ¿no estará contristado por el estado de la Iglesia? Y si él mora en nosotros, ¿no deberían estar afligidos y humillados nuestros corazones por la deshonra que se le causa a Cristo, y por la destrucción del testimonio que el Espíritu Santo descendido del cielo vino a rendir en la unidad de la Iglesia de Dios? Quien compare el estado de la Iglesia, tal como nos es descrita en el Nuevo Testamento, con su estado actual, tendrá el corazón profundamente entristecido al ver la gloria de la Iglesia arrastrada en el polvo y al Enemigo que triunfa en medio de la confusión del pueblo de Dios. Dios ha confiado su gloria al hombre, el cual es responsable de permanecer en esta posición y de ser fiel, sin abandonar su primer estado; por consecuencia, Dios establecerá su propia gloria, conforme a sus propósitos. Pero, sobre todo, el hombre es responsable allí donde Dios lo ha puesto. Hemos sido puestos en la Iglesia de Dios, en su casa sobre la tierra, allí donde su gloria habita. Esta Iglesia, ¿dónde está?

J. N. D. (1866)

NOTAS

[1] Se observará que no hay llaves para la Iglesia. No se construye con llaves, las llaves son para el reino.

[2] Ésta es una prueba indiscutible de que el papa no puede ser la cabeza de la Iglesia, porque si Cristo es la Cabeza, un cuerpo no puede tener dos cabezas.

[3] Es necesario observar que el apóstol habla solamente de los profetas del Nuevo Testamento.

[4] No se dice que debamos ser una epístola de Cristo, sino, vosotros “sois carta (epístola) de Cristo”.

[5] En la primera Epístola a Timoteo tenemos el orden de la Iglesia, de la casa de Dios; en la Segunda, la regla a seguir cuando la Iglesia está en desorden. Nuestro Dios ha provisto para todas las dificultades, para que podamos ser fieles y libres de toda iniquidad.

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